miércoles, 1 de febrero de 2012

Los sucesos de Ciudad Trujillo en 1959




Tema confidencial durante muchos años, todavía el 4 de agosto de 1997 estos acontecimientos no eran del conocimiento público en Cuba y han sido obviados hasta el presente, incluso en los documentos oficiales del Ministerio de Relaciones Exteriores.

 

Introducción

En varias oportunidades he pensado relatar los sucesos ocurridos en La República Dominicana un viernes 5 de junio del año 1959. Siempre lo había dejado para otra oportunidad. Hoy, no solo me decido a escribir o, mejor dicho transcribir el testimonio escrito por Mario Riva Patterson hace más de 30 años.

 


                                        Mario Riva Patterson y Gloria Morales Rueda (extremo inferior derecho)

 

El relato es completamente verídico, así como los cargos y las posiciones que ocupaban las personas que son mencionadas. Por ejemplo: los nombres de los Encargados de Negocios de México y de Venezuela. Sin embargo, es fácil identificarlos. En los archivos de los Ministerios de Relaciones Exteriores de estos países, deben constar los nombres de sus funcionarios.

No conservo los periódicos y revistas de la época. Es fácil localizarlos en las bibliotecas nacionales. Por lo menos en la de Cuba y la República Dominicana. Una revista “Bohemia”, del mes de junio de 1959, publicó una versión, bastante fiel, de los hechos. Algunos documentos obraban en el expediente laboral de Mario Riva Patterson.

Esta versión servirá para dar a conocer algunos detalles de una etapa de la historia de la República Dominicana y la República de Cuba. Los finales del Dictador Autoritario Rafael Leonidas Trujillo y el inicio del Dictador Totalitario Fidel Alejandro Castro Ruz.

Trujillo fue el más alto exponente de dictadorzuelo iberoamericano. Desgobernó a su país de forma autoritaria durante más de 30 años. Tuvo tanto poder como cualquier aristocracia feudal. Poseía una vastísima red de espionaje que se extendía a cualquier lugar del mundo, donde tuviera intereses.

 

Fidel Castro es el más alto y único exponente de dictador totalitario del hemisferio occidental. Desgobernó en Cuba durante 50 años y aun hoy manipula las cuerdas del poder tras bambalinas. Ha tenido mucho más poder que cualquier monarquía feudal absoluta y su red de espionaje superó con creces la trujillista, hasta el punto de ser considerada entre las cuatro mejores de la época. Solamente la superaban las de los Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra e Israel.

Este trabajo solo refiere algunos aspectos ocurridos durante los seis meses transcurridos entre los días finales de enero y el 6 de junio de 1959.

Misión en Santo Domingo

Una mañana de los últimos días del mes de enero, al regresar a la oficina que ocupaba la Dirección de Impuestos Municipales de La Habana, en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales, hoy Museo de la Ciudad de La Habana, done comenzó a trabajar poco después del 1 de enero de 1959, Riva Patterson recibió un mensaje telefónico de la Sra. Conchita Fernández (quién fuera secretaria de Eduardo Chibás), para que se presentara en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en relación a un asunto de suma importancia.

Conchita Fernández com Luis Gómez Vanguemert, Nicolás Guillén y los del la Osa, padre e hijo.

Desde el mes de enero de 1959 se iniciaron los preparativos para la expedición con apoyo de los gobiernos de Cuba y Venezuela.

A finales de enero llegan a Cuba José Horacio Rodríguez, Rinaldo Sintjago y Poncio Pou Saleta, para dar inicio el reclutamiento de las tropas que se entrenarían en los campamentos de Mil Cumbres, provincia Pinar del Río, y el campamento San Julián. Este último abortado por diversas razones.

En enero de 1959, ahora Fidel Castro en el poder, los dominicanos insistieron en su solicitud. Esta se aprobó, y por disposición de Fidel Castro, el comandante Delio Gómez Ochoa asumió la dirección para el proceso de preparación: desde el recibimiento de los patriotas dominicanos, la logística y la selección de los lugares para el entrenamiento hasta la instrucción misma.

A finales de Enero se realiza la primera reunión de Fidel Castro y Enrique Jiménez Moya, para hablar de la expedición armada contra Trujillo ofreciéndole toda la ayuda y apoyo para que los dominicanos se entrenaran en Cuba.

Se nombró al comandante Roberto Fajardo Fajardo al frente de la instrucción por la parte cubana, en el campamento. El centro coordinador de la conspiración contra Trujillo se estableció en N y 21, en el Vedado, en los altos del Club 21. Comenzaba a organizarse la primera manifestación “internacionalista” de la Revolución cubana en el poder.

El periodista Juan Delancer, en su libro desembarco de la Gloria, cuya primera edición publicó en 1980, incluye la versión de que el propio Fidel Castro encomendó la coordinación de la base guerrillera al comandante Camilo Cienfuegos, cuyo entusiasmo, dedicación y solidaridad con el proyecto expedicionario era comparable a la de los organizadores.

No se trataba de una acción en respuesta a la agresividad del dictador Trujillo, sino la ejecución de una política de principios que iba a ser aplicada de forma ininterrumpida a lo largo del desarrollo de la Revolución. Incluso, en los momentos en que el Comandante en Jefe Fidel Castro visitaba los EE.UU., del 15 al 26 de abril, una delegación cubana compraba armas y hasta un avión, un viejo C-46, en tierras estadounidenses (Miami) que iba a servir para hacer llegar a tierras dominicanas al primer grupo de combatientes.
Fidel Castro se auto-proclama Primer Ministro el día 16 de febrero del año 1959.

En aquellos momentos fungía, como Comisionado (una suerte de alcalde) de La Habana, el Sr. José Llanusa Gobel. En los últimos meses de la lucha contra la tiranía batistiana, Llanusa había ocupado el cargo de organizador del “Movimiento 26 de Julio en el exilio, con sede en Miami”.

Una hora más tarde llegaba a la esquina de la calle Calzada y la Avenida de los Presidentes, siendo recibido en la Cancillería por los entonces viceministros Erick Agüero, Raúl Primelles y por la propia Conchita Fernández. Representando al Ministro, Roberto Agramonte. Por aquellos días, la Fernández era secretaria de Fidel Castro.

Sin mucho preámbulo le informaron a Riva Patterson que habían decidido designar a un funcionario que se hiciera cargo de la Embajada en Santo Domingo, República Dominicana. Que era urgente solicitar la extradición de Fulgencio Batista y algunos de sus seguidores. Reclamar la devolución de los aviones en que había huido el tirano y que con el pretexto de no haber sido reclamados, se encontraban retenidos. Debía partir de inmediato.

Aun sin reponerse de la sorpresa, Riva Patterson preguntó la razón por la cual había sido escogido para semejante tarea. La Sra. Fernández contestó rápidamente a la pregunta diciendo, en un tono sarcástico (que podía pretender una crítica indirecta), “Riva, es que como usted no es muy grande, la caja en la que lo devolverán no pesará mucho y será más fácil traerla”.

En aquellos tiempos, la República Dominicana se encontraba bajo la dictadura del “Generalísimo y Doctor Rafael Leonidas Trujillo y Molina, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva”. Era de esa forma que a él se referían los medios de prensa y los documentos oficiales. Para la fecha, Trujillo era el decano de los dictadores de América. No obstante, como presidente (nominal) fungía Joaquín Balaguer.



                                                           Balaguer y Ramfis, el hijo de Trujillo en 1960

 
Las relaciones diplomáticas entre Cuba y La República Dominicana habían llegado a un punto muy próximo a la ruptura de relaciones diplomáticas y a una potencial declaración de guerra. Centenares de funcionarios de la dictadura batistiana se habían refugiado al amparo de Trujillo.

La tarea que le estaban encomendando a Riva Patterson era muy peligrosa y con verdadero riesgo de muerte. De momento partiría solamente acompañado de su mujer. Según lo que le dijeron, el resto del personal que se haría cargo de aquella misión, se encontraba en “preparación”.

Se desconocía en qué estado se encontraba el edificio de la embajada (se había comprado hacía algún tiempo, a un costo de 125 mil dólares. Posiblemente estuviera abandonada.

Al día siguiente Riva Patterson, buscando información, procuró un manual de instrucciones. No había finalizado el mes de enero de 1959. Menos de 30 días de la caída del régimen batistiano. Nadie le podía decir cuáles eran las instrucciones vigentes y cuales las derogadas.

 Ese mismo día le mostraron un cable del Ministro Agramonte, que se encontraba en Caracas, preguntando si ya había partido para Santo Domingo.

El 21 de enero de 1959, en un discurso pronunciado, por Fidel Castro en el Palacio Presidencial dijo: “...No vamos a perder el tiempo en demandar de Trujillo que devuelva a los ladrones y a los asesinos; ni siquiera han devuelto los aviones de la fuerza aérea que se llevaron los prófugos, y no le vamos a demandar a Trujillo que los devuelva, porque nos los va a devolver el pueblo dominicano (APLAUSOS), y porque con Trujillo no queremos relaciones de ninguna clase. Desde luego, “Trujillo no es un dictador”; ¡hablen con los congresistas esos que estuvieron atacándonos a nosotros, y verán que Trujillo es un santo!”

El 23 de enero de 1959, Fidel Castro había viajado a la capital de Venezuela, donde pronunció un discurso en el acto central de conmemoración del primer aniversario del derrocamiento de Pérez Jiménez, en la Plaza Área del Silencio.

No cabe la menor duda de que Fidel Castro se encontraba interesado en la dirección Santo Domingo. Este cable, unido a la presencia de Conchita Fernández, representando a Agramonte y a los pocos días de ser promovida a secretaria de Fidel Castro, dan mucho que pensar. La respuesta al cable de Agramonte ya se encontraba redactada por José Miró Cardona.

 
                                                               José Miró Cardona

 José Miró Cardona había asumido, el 5 de enero, como nuevo Primer Ministro del gobierno revolucionario, encabezado por el presidente Manuel Urrutia Lleó.

El mismo día 5 de enero, en horas de la noche se había reunido el Cuerpo Diplomático con el Presidente del Gobierno Revolucionario, Manuel Urrutia Lleó, el Primer Ministro José Miró Cardona y el Secretario de Estado Roberto Agramonte. En dicha reunión, daban garantías al Embajador de la República Dominicana en relación a informes que la inteligencia trujillista había obtenido en relación a presuntos planes de Fidel Castro de invadir el territorio dominicano.

El 30 de diciembre, en una entrevista con el canciller Herrera Báez en Ciudad Trujillo, el embajador norteamericano Mr. Farland conoció, e informó al Departamento de Estado, que: «[…] la inteligencia dominicana había detectado, desde hacía dos semanas, que Castro dio inicio a sus planes de inva­dir República Dominicana». (Farland al Departamento de Estado, informe del 30 de diciembre de 1958. Confidential U.S.State Department Central Files: Cuba Internal and Foreign Affairs, 1955-1959. En:http:// www.latiname­ricanstudies.org/embassy).

El 16 de febrero Miró Cardona fue reemplazado como Primer Ministro por Fidel Castro quien lo designó al año siguiente como embajador de Cuba ante España.

Entre las cosas que debía llevar Riva Patterson, como parte imprescindible de la documentación había una que le preocupaba: la clave con la cual se comunicaría en caso de querer enviar alguna información secreta. Conocía perfectamente que no existe clave indescifrable. Igualmente le era conocido que una clave no puede ser utilizada como testimonio.

Era tanto el descalabro de los primeros días del mes de enero de 1959 que, en la entonces oficina de “Confidencial y Cifras” le informaron la imposibilidad de entregarle una clave, debido a que se estaba revisando el sistema. Al final, el matrimonio compuesto por Mario Jacobo Riva Patterson y Gloria Amelia Morales Rueda, partió para la Republica Dominicana el 12 de febrero, sin clave alguna y sin armas de fuego. Cuatro días más tarde Fidel Castro asumiría como Primer Ministro.

El 10 de febrero, por la nota C.428, el canciller Agramonte solicitaba formalmente «[…] la detención pro­visional, con miras a la extradición, del ex presidente Fulgencio Batista, amparada en el artículo 366 de la Convención de Derecho Internacional Privado [Código “Bus­tamante”] vigente para ambos países». (Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores, informe del 12 de febrero de 1959. AGN, fondo Presidencia, Embadom Cuba (1953-1959) 30126, caja 1786.)

Ya en Santo Domingo, al evaluar la situación, Riva Patterson decide que se hace necesario que Gloria Amelia regrese a Cuba. Entre muchos pretextos se encontraba la necesidad detener una clave con la cual poder comunicarse. Fue entonces que Riva Patterson decidió comprar tres diccionarios iguales para improvisar una clave rudimentaria.

Ante los horrores que Fidel Castro pronunciaba, en contra de Trujillo, la situación se agravaba día tras día. Los periódicos dominicanos no se quedaban atrás. Publicaban todos los fusilamientos que se realizaban a diario en Cuba.

Tomado del discurso pronunciado por Fidel Castro Ruz, ya siendo Primer Ministro, en la concentración celebrada en la Avenida Michellson, en Santiago de Cuba, el 11 de marzo de 1959:

“…Todo el mundo sabe que en Santo Domingo está Fulgencio Batista. Todo el mundo sabe que en Santo Domingo hay muchos criminales de guerra. Todo el mundo sabe que allí está Trujillo, que lleva cerca de 30 años oprimiendo aquel país. Todo el mundo sabe que Trujillo es un enemigo de Cuba. Todo el mundo sabe que Trujillo es el que les ha dado asilo, el que les ha dado albergue a los prófugos; no solamente se lo dio ahora, se lo dio también cuando el machadato. Todo el mundo sabe que Trujillo es un asesino internacional. Todo el mundo sabe que Trujillo es un dictador internacional. Todo el mundo sabe que los agentes de Trujillo asesinan a sus enemigos, asesinan a los exilados políticos fuera del país, lo mismo en Cuba, que en México, que en Estados Unidos, que en cualquier parte. Todo el mundo sabe que Trujillo tiene una especie de terror internacional implantado. Todo el mundo sabe que Trujillo, por hacerle daño a Cuba, es capaz de cualquier cosa”. “…Si en Santo Domingo hubiera un gobierno de tipo democrático o semi-democrático, pues valdría la pena entonces reclamar los aviones y que los devolvieran. Desde luego, los aviones se han reclamado por vía diplomática, pero ustedes han visto que yo no había hablado siquiera de ese tema, y es que, sencillamente, a mí me repugna dirigirme a un dictador como Trujillo, a mí me repugna dirigirme a un sujeto como Trujillo, a mí me repugna establecer ninguna clase de negociación con un gángster como Trujillo…”. “…Todo el mundo sabe que cuando se tiene una responsabilidad oficial, tiene uno que ser cuidadoso. Todo el mundo sabe que cuando se tiene una responsabilidad en el gobierno de un pueblo, tiene uno que contener los impulsos. Quizás me sentiría yo mucho mejor combatiendo a Trujillo de otra forma que no fuese con palabras. Quizás los rebeldes cubanos prefiramos la vida del combate y la vida del sacrificio mucho más que los cargos oficiales y las actividades que hoy estamos realizando. Sin embargo, nuestro deber como gobernante nos obliga a ser cuidadosos, nos obliga a no dejarnos llevar por el impulso, y tenemos que resignarnos a tener que condenar desde una tribuna a un dictador al que estaríamos combatiendo gustosamente en las montañas de Santo Domingo…” “…Mas no es necesario que nosotros vayamos, en todos los pueblos hay luchadores, en todos los pueblos hay patriotas, y los dominicanos tienen sobrados patriotas y sobrados valientes para realizar allí la misma obra que nosotros realizamos en Cuba…” “…Así que el negocio de nosotros sería que vinieran los criminales de guerra. Ese sería el negocio de nosotros. Y si sabemos que eso es así, ¿quién se preocupa aquí? Nadie. Así que, por eso, mientras Trujillo está asustado, corriendo, comprando aviones, porque sabe que si se les meten allí unos cuantos dominicanos y se les alzan, lo derrocan, nosotros estamos tranquilos, absolutamente tranquilos. ¿Qué es lo único que puede hacer Trujillo? Provocaciones, venir un día con sus aviones a tratar de hacer daño, a tratar de provocar, a tratar de atacar”.

En el mes de marzo de 1959 se estableció un campamento para el entrenamiento de los expedicionarios cubano-dominicanos en Mil Cumbres, provincia del Pinar del Río, Cuba. En esos mismos días se celebró un congreso de unidad de las principales organizaciones de exiliados dominicanos, que dio lugar a la creación del Movimiento de Liberación Dominicana (MLD) y a la designación de Enrique Jiménez Moya como jefe de la expedición, quien pasó a ser asistido por Delio Gómez Ochoa, comandante cubano de la Sierra Maestra y viejo activista a favor de la causa democrática dominicana.

Dos días después de visitar la oficina de “Confidencial y Cifras”, aterrizaban, Mario y Gloria en el aeropuerto de “Ciudad Trujillo”. Fueron recibidos por el Introductor de Embajadores, que era un hombre gordo, de modales afectados, de pelo escaso y rizado y de tez oscura. La recepción fue protocolar.
Como desconocían la situación de la casa que ocupaba la Embajada, le pidieron que les llevara a un hotel.

.- “Les llevaré a cualquiera, menos al Jaragua. La compañía de los huéspedes que allí se han instalado, no les va a agradar”, dijo.

En el Jaragua se encontraban alojados Batista y Tabernilla (entre otros).

 

                                                          Hotel Jaragua, 1958

 
Era un viernes días 13 de febrero cuando llegaron y esa misma noche Riva Patterson fue invitado a cenar por el Sr. Porfirio Rubirosa, que era el Encargado de Negocios de la República Dominicana en Cuba.

Porfirio Rubirosa Ariza (22 de enero de 1909 - 5 de junio de 1965) fue un polifacético diplomático dominicano, y un reconocido playboy que se hizo famoso por sus matrimonios con bellas y ricas mujeres de la alta sociedad. Dicen que su fama de conquistador inspiró el personaje de James Bond.

En su último libro, el escritor norteamericano Truman Capote habla del pene de Rubirosa como algo, de descomunal tamaño (13 cm.). En la Jet set estadounidense y europea se le conocía como Rubi. Sostuvo relaciones extra-maritales con Jayne Mansfield, Zsa Zsa Gabor, Veronica Lake, Ava Gardner, Marilyn Monroe, Dolores del Río, Kim Novak, Rita Hayworth y Soraya Esfandiary (ex princesa de Irán), entre otras.

Rubirosa fue además, piloto de Fórmula 1 para Ferrari, buscador de tesoros en el mar Caribe y piloto de bombardero B-25.

 

                                                                Porfirio Rubirosa

Este personaje que era ampliamente conocido en los círculos sociales de todo el mundo y que había sido designado Embajador en Cuba, era uno de los pocos casos, en la República Dominicana, de personas que tenían cierta confianza con Trujillo. Había estado casado con la hija del dictador y se había divorciado. Sin embargo mantenía una gran ascendencia sobre el “Jefe”.

El Trujillo machista, admiraba a aquel “Don Juan” del que se enamoraban las mujeres más famosas y seguramente sentía que aquel sujeto encarnaba al hombre dominicano. Lo verdaderamente cierto es que éste hombre era todopoderoso en su tierra.

Riva Patterson y Rubirosa cenaron solos, en un club. Les estaban esperando y les recibieron con esmerada cortesía. Era una persona sumamente agradable y atractiva. Rubirosa pensaba visitar Cuba en los días subsiguientes y quiso dejar claro que el era el único dominicano que le decía la verdad al “Jefe”.

Comentó que todo el mundo le decía que Fidel Castro se caía, que no podía resistir la presión de los americanos, pero que él le había dicho a Trujillo que Fidel iba a durar más que el mismo.

Rubirosa dijo en aquella comida que él consideraba que Fidel Castro tenía el apoyo de todo el pueblo. Que estar en guerra con Fidel Castro era un negocio malo y que debían llegar a un acuerdo. Dijo también comprender que era imposible, dada la situación internacional, llegar a un tratado o, una reconciliación pública, pero que se podía llegar a un pacto de no agresión, sin que nadie tuviera que conocerlo, pero que hiciera la situación más llevadera.


Al final murmuró: “A Trujillo le dicen que el Gobierno Revolucionario no puede durar y que con un empujoncito más se cae. Aquí se entrena gente que han hecho de eso un modo de vida y que no van a ir a Cuba jamás, pues allí no durarían ni 15 minutos”. Insinuó algo así como la posible extradición del Coronel Ventura Novo.

 

El día lunes siguiente Riva Patterson informó al Ministerio de Relaciones exteriores.


[…] tuvo grandes elogios para Fidel Castro y el presidente Urrutia, y me expresó su deseo de que Cuba designara un Embajador, para poder regre­sar a La Habana. Me expresó lo desagradable que resultaba para este país la presencia de tantos refugiados cubanos, llegados sin previo aviso, pero que el gobierno ve con buenos ojos que se están marchando. (De Riva Patterson a Cancillería cubana, del 14 de febrero de 1959. Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, Cuba).


Jamás recibió respuesta.

Unos meses atrás Trujillo le había ofrecido a Batista, a través de Porfirio Rubirosa,  el envío de paracaidistas dominicanos que descenderían en la Sierra Maestra y en el Escambray. Para Riva Patterson, por supuesto, esto le era totalmente desconocido.

 

El sábado, Riva Patterson se presentó solo en la casa perteneciente a la Embajada de Cuba, entrevistándose con un señor llamado Estévez Maymir.

Constituyó una sorpresa, ser recibido por un militar vistiendo el uniforme del Ejército Constitucional de La República de Cuba.

El Ejército Constitucional había quedado abolido el mismo 1 de enero de 1959, siendo sustituido por el Ejército Rebelde. Las insignias lo delataban como siendo un Coronel. Grado militar abolido en Cuba, también a partir de la fecha antes mencionada. Aquel militar dijo ser el Encargado de Negocios del Gobierno Revolucionario.

Tratando de no perder la ecuanimidad, Riva Patterson le comunicó que en el cargo aludido, él propio acababa de ser nombrado en Cuba. A esto, el militar le invitó a pasar a su despacho, a fin de mostrarle un documento que le acreditaba en el cargo, por el Gobierno Revolucionario. Extrajo varios papeles, mostrando uno de ellos. Consistía en un cable, aparentemente auténtico, que decía textualmente:

 
«Estévez Maymir
Embajada de Cuba
Ciudad Trujillo
Sírvase visar pasaporte de (fulano de tal)
Saludos,
Agramonte»

 

 

 

 

 

 

 

Riva Patterson se encontraba enfrentado a uno de los que habían hecho posible la “revolución de los sargentos” comandada por Batista. Aquella “revolución”, que entre otras pequeñas cosas reclamaba un botón más para el uniforme, se convertiría, por obra y gracia de la situación imperante en Cuba, en una lucha entre clases y oficiales, que culminaría con el ataque al Hotel Nacional y convirtiendo al Sargento Batista en Coronel y hombre fuerte

Durante la “revolución de los sargentos”, Estévez Maymir era Sargento Sanitario (ver “Fabulario”, de Mario Kuchilán).

 
Siendo Batista Sargento del Ejército, despidió el duelo del Sargento Miguel Ángel Hernández, asesinado por
el gobierno de Gerardo Machado, lo que de hecho lo convirtió en uno de los “líderes” de las Fuerzas Armadas.

Poco después de éste episodio crearían la denominada “Junta de los Ocho”, el 26 de agosto de 1933  y que fuera integrada por los sargentos Fulgencio Batista, Eleuterio Pedraza, Pablo Rodríguez, Gonzalo García Pedroso, Manuel
López Migoya, Ramón Cruz Vidal, Juan Estévez Maymir e Ignacio Galíndez.
A finales del mes de diciembre de 1958, Batista recibió al Coronel Juan A. Estévez Maymir, en su calidad de Agregado Militar de Cuba en la República Dominicana, quien le presentó un plan de ayuda militar.
Trujillo ofrecía aerotransportar 3, 000 soldados (tres batallones) a Las Villas y después otros 2 000 hombres a Oriente.
Al parecer, el plan de maniobra contemplaba un desembarco por el norte de Las Villas (Yaguajay e Isabela de Saga), con dos Regimientos de 1 000 hombres cada uno.
Otro desembarco, de igual magnitud, se produciría en Santiago de Cuba. La operación debía comenzar el 1 de enero de 1959. Al menos, ese era el plan que, presuntamente, pretendía realizar Trujillo.
Trujillo planteaba que eran tropas frescas, bien entrenadas y equipadas, que podía movilizarlas y enviarlas con la mayor brevedad posible en aviones de transporte.

¿Cómo era posible que en La Habana no supieran nada y éste señor tenía ese cable?

¿Podía ser falso?

Parecía auténtico. Tenía número. Venía de la oficina cablegráfica.

¿Habría Estévez Maymir colaborado con alguno de los grupos contrarios al dictador?

¿Continuaría como Agregado Militar?

Todas esas preguntas corrían por la mente de Riva Patterson, en la medida que el personaje le mostraba la nota que había entregado al Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Dominicana, así como las comunicaciones enviadas al Cuerpo Diplomático. Riva Patterson estaba desconcertado.

¿Qué significaba todo eso?

Su designación como Encargado de Negocios en Dominicana había sido promulgada en La Habana. No querían designar a un Embajador, debido a las relaciones tirantes, pero le habían conferido plenos poderes para actuar como considerara conveniente. Aquella Embajada había sido confiada a su persona por el Ministerio de Relaciones Exteriores del actual gobierno de Cuba. Necesitaba tiempo para pensar.

Le informó al Sr. Maymir que llamaría a La Habana y que luego recibiría instrucciones.

Ya en el hotel Riva Patterson intentó infructuosamente de comunicarse por vía telefónica con La Habana. Siendo imposible la comunicación, decidió reflexionar, hasta que se convenció de que aquel individuo era un perfecto cara dura. Solo un cínico podía continuar vistiendo un uniforme que no representaba al actual Ejército cubano y aun pretender representar al nuevo gobierno. Pero:

¿Y si, en el Ministerio no tenían información?

No podemos dejar de remarcar que este acontecimiento tenía lugar a solo unos pocos días del derrocamiento de Fulgencio Batista y la confusión hacía pasto en todos los sectores de la vida nacional.

Tomó una decisión.

Se dirigió a una empresa cablegráfica y cursó el siguiente mensaje:
« Ministerio de Relaciones Exteriores
La Habana
Ruego me informe si el Coronel Estévez Maymir continúa perteneciendo al Ejército Rebelde. Ruego me informe si continúa como Agregado Militar de esta Embajada. Esta información la necesito urgente, pues habiéndome encargado el Ministerio esta misión, lo desalojaré mañana, a las tres de la tarde, cualesquiera que sean las medidas que tenga que tomar para ello.
RIVA »

 

De este cable solo se recibió respuesta dos meses más tarde.

 

El lunes siguiente por la mañana el matrimonio se dirigió a la Embajada, que se encontraba en un barrio residencial, rodeada de casas de familia de clase media alta. Se parecía al reparto Miramar (en La Habana), salvando las diferencias.

Mientras Riva Patterson y Maymir discutían, Gloria Amelia y la señora de Maymir permanecieron sentadas en el comedor, desde donde se escuchaba parte de lo que se decían mutuamente.

El tono de la voz se fue elevando hasta que, a grito pelado, Riva Patterson dijo: “…pues yo me cago en el General y en todos los amigos del General”.

Acto seguido, el Coronel salió de la sala, entró en el comedor diciéndole a la mujer un escueto…, “vamos”.

Riva Patterson le informó al Sr. Maymir que tomaría posesión a las dos de la tarde de ese mismo día, esperando que pasado ese horario, él, su mujer y sus sirvientes se encontraran fuera de la casa.

Sentados debajo de la escalera de la entrada principal, esperaron pacientemente a que los ocupantes sacaran todo lo que decían les pertenecía. Al final, Maymir hizo entrega de una sola llave de la casa.

A las dos de la tarde la casa perteneciente a la Embajada de Cuba se encontraba desierta. Puertas y ventanas abiertas. Al no existir documento alguno sobre la propiedad, hasta el automóvil se llevaron.

Una vez posesionados de la casa, recibieron una comunicación de la Empresa Telefónica, donde se les informaba que debían abonar una cuenta por valor de 200 dólares, en llamadas de larga distancia.

Al visitar a la compañía telefónica pudieron constatar que la cuenta pertenecía a llamadas realizadas por Martha Fernández Miranda de Batista, quién (según conocerían más adelante) había hecho uso de las instalaciones de la Embajada.
Las naves que condujeron a Batista hacia la República Dominicana, aterrizaron temprano en la mañana del día 1 de enero de 1959 en Ciudad Trujillo (Santo Domingo). El General Ramfis, hijo del generalísimo Trujillo, recibió a la comitiva en la Base Aérea de San Isidro.
Al pisar tierra dominicana se dirigió a la sede de la Embajada cubana en Santiago 25, en el residencial barrio de Gascue desde donde llamó telefónicamente a Trujillo.

 

Desde el mismo día en que llegaron a dominicana y en el mismo hotel donde habían sido alojados, Mario y Gloria, comenzaron a recibir toda suerte de insultos y amenazas telefónicas. Llamaban a cualquier hora del día y de la noche. Se encontraban acosados permanentemente.

La casa de la Embajada poseía una pizarra telefónica que, al no haber telefonista podía dejarse conectada y utilizar cualquiera de las extensiones. En el cuarto principal había un teléfono directo y privado. No obstante, por ese mismo teléfono llamaban constantemente.

En el exterior, sobretodo en horas de la noche, se situaban varios automóviles en las esquinas y sus ocupantes rondaban largas horas, vigilando la casa. Entre las personas que rondaban la casa, pudieron reconocer a uno de ellos, debido a la notoriedad que había alcanzado, en Cuba, durante la época de Grau San Martín. Se trataba de Policarpo Soler.

Los que conocieron personalmente a Soler, aseguraban que no parecía un sujeto agresivo, sino más bien un político profesional, un hombre de éxito, vistiendo siempre una guayabera de hilo y el pantalón impecable, siempre con los cabellos y el bigote cuidados y la cara rasurada con esmero. Su semblante apacible y jovial no era el del clásico matón, pero Policarpo Soler lo era, y de los peores.

Por su ola de crímenes tuvo que exiliarse de Cuba rumbo a España.

De España, Policarpo pasó a Venezuela y de ahí a Santo Domingo, donde actuó como matón a sueldo de Trujillo. A partir de enero de 1959, las versiones se confunden. Se dice que Trujillo no vio con buenos ojos las relaciones entre Batista y Policarpo. Otros afirman, sin embargo, que el cubano quiso darle la mala al sátrapa dominicano con el dinero (un millón de dólares) de los tres exigidos por Trujillo- que Batista entregó en pago de la estancia suya y de sus hombres en RD.

Sobrevinieron las desavenencias y Policarpo, sabiéndose en desgracia, quiso poner tierra de por medio. Trujillo no le dio tiempo. Cuentan que un día Trujillo llegó a la casa de Policarpo, sin escolta y con un pañuelo blanco en la mano, en señal de paz. Charlaron y bebieron como en los viejos tiempos y se despidieron con un abrazo. Entonces sus hombres, que se habían apostado convenientemente durante la visita, abrieron fuego contra Policarpo y los suyos.
 

                               Policarpo Soler, a la derecha de León Lemus
 

Los acribillaron a balazos. Solo quedó viva, para contar la historia, Caridad, la mujer de Policarpo.

En ese punto las versiones vuelven a confundirse, porque Delio Gómez Ochoa, expedicionario de Constanza y Comandante del Ejército Rebelde, asegura que vio como fusilaban a Policarpo Soler en la cárcel de La Cuarenta.
 

                                         Comandante Delio Gómez Ochoa
 

En Cuba, Policarpo siempre andaba con otro matón llamado Orlando León Lemus. Los cubanos, recordando a Abbot y Costello, los bautizaron como “El gordo y el flaco”. El Gordo era Policarpo Soler. Orlando León Lemus era El Flaco y tenía el alias de “El Colorado”. Su hobby consistía en asesinar en las principales calles habaneras.

Esas fueron las hostilidades realizadas en contra de la Embajada cubana hasta el mes de abril, aparte de ser seguidos constantemente a dondequiera que se dirigieran y de los artículos de prensa que se publicaban diariamente, atacando al nuevo gobierno cubano.

Se encontraban prácticamente aislados, puesto que una gran parte del Cuerpo Diplomático eludía el trato con el matrimonio. Todo muy…, “diplomáticamente”.

 

El 23 de febrero la Cancillería cubana comunicaba a He­rrera Báez la nueva demanda, que incluía a dos C-47 (los numerados como 202 y 206) y dos C-46 (los números 600 y 605), propiedad del Ejército cubano, y un DC-4, de la empresa privada Aerovías Q.
 
El Encarga­do de Negocios de Cuba visitó a Herrera Báez, y este le respondió que «[…] daría curso a la reclamación ante el gobierno superior, pero que, como ya me había expresado sobre este asunto y lo demás pendiente [las solicitudes de extradición], solo podrían alcanzar éxito si las relaciones entre ambos gobiernos entraban en una fase de cordia­lidad y comprensión». (Riva Patterson a la Cancillería cubana, informe del 23 de febrero de 1959. Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, Cuba).
 
Ante la ne­gativa de devolución, Fidel Castro había declarado que no había apuro en ello, «[…] que un día sería el propio pueblo dominicano quien los devolvería».31 Esa afirmación, y la expresa negativa de Fidel a negociar nada con Trujillo, eran las razones alegadas por los expertos cubanos para desaconsejar que, por el momento, se continuasen tales reclamaciones.
 

Durante la estancia del barco japonés “Atlas Maruk” a Ciudad Trujillo, se invitó al Cuerpo Diplomático a visitar la exposición presentada por los japoneses. Como es habitual, en las relaciones diplomáticas, el matrimonio de cubanos se acercaba a los diferentes grupos, que se deshacían al cabo de pocos minutos. Al principio no se percataron. Luego y como entretenimiento, se dedicaron a romper grupos.

Fue el Embajador, Sr. Pombo, de Argentina, el único que les acompañó hasta finalizar la visita y en su automóvil les llevó de vuelta a la Embajada cubana.

El Embajador Varela, del Perú, jamás les llevó en su automóvil, ni jamás se ofreció para ello. Varela era el decano del Cuerpo Diplomático y se comentaba que mantenía estrechas relaciones con Trujillo.

Como Mario y Gloria carecían de medio de transporte propio, nunca pudieron salir de Ciudad Trujillo.

En la Embajada había permanecido un empleado de oficina que fue despedido inmediatamente. Se negaron a que el gobierno dominicano dispusiera guardias a la entrada de la casa.

Una semana después de haber tomado posesión de la casa, contrataron a dos sirvientas, a sabiendas que como mínimo serían confidentes del Departamento de Seguridad del gobierno dominicano. Naturalmente, nunca permitieron que entraran a las oficinas. Cayendo la tarde ambas mujeres se marchaban a sus casas.

Una vez presentadas las Cartas Credenciales ante el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Dominicana, le fue comunicada, oficialmente, a todo el Cuerpo Diplomático la toma de posesión y se iniciaron las visitas correspondientes al protocolo.

En todas las Embajadas que visitaban, les informaban que Batista intentaba infructuosamente de obtener visa del correspondiente gobierno para el respectivo país. Hasta ese momento, todos los gobiernos se negaban a concederle visa.
 

                                 Batista y su mujer en el hotel Jaragua 1959
 

El Embajador español se llamaba Sánchez Bella, el argentino Pombo, el Embajador de los Estados Unidos Farland, el Encargado de Negocios de Venezuela, Arismendi.

Por distintos motivos, estos señores tenían interés en conversar con los diplomáticos cubanos. El de Venezuela para prestarles apoyo, al igual que el de México. El resto, para obtener información.

El Embajador peruano Sr. Varela, diplomático de experiencia, que vivía a una cuadra escasa de la Embajada de Cuba, era padrino de uno de los hijos de Trujillo. Antes del regreso a Cuba de Gloria Amelia, acudía con su mujer, en horas de la noche a visitarles. La costumbre mudó para el horario matutino. Ya no tenía sentido ir acompañado de su mujer, “A tomar café con el colega cubano”.

El peruano les facilitó valiosas informaciones, que les ayudarían a salir con vida de aquel macabro sistema autocrático. Incluso mantuvo una actitud digna y amistosa durante los sucesos del día 5 de junio. Personalmente era una persona agradable. Posiciones aparte y, debido a las circunstancias, mantenían una relación cordial.

Varela no solamente les relató la historia reciente de la República Dominicana, sino que les informó, de primera mano, sobre Trujillo. Según Varela “Trujillo era el hombre más poderoso del mundo. El país le pertenece como le pertenece una finca a un señor feudal”.

Sus observaciones y anécdotas eran siempre formuladas en un tono que intentaba ser objetivo, ni lo criticaba, ni lo apoyaba, solo narraba los hechos. No obstante reflejaba cierto grado de admiración por el “hombre fuerte”.

Muchos otros diplomáticos referían las mismas anécdotas con más o menos lujo de detalles. Unos se mostraban asqueados. Otros solo desprecio. Los más, disimulada admiración y servilismo.

Tenía formas sutiles de soborno

 Entre las anécdotas había una, sobre la forma en la cual Trujillo atraía a los embajadores y demás miembros del Cuerpo Diplomático:

Al enterarse que un Embajador buscaba residencia o edificio para la Embajada, ordenaba a su Jefe de Protocolo que le informara que existía “una viuda” que poseía una gran casa, que quería alquilar y que le gustaría hacerlo a una Embajada. La casa, por supuesto, no correspondía con el precio que podía pagar la Embajada para estas atenciones. Sin embargo, gracias a la intervención del “introductor” se le arrendaba por un precio ínfimo.

De igual forma, si se trataba de la compra de un automóvil. Siempre encontraban a alguien que quería vender uno, casi nuevo, en un precio asequible al diplomático. Esta era la forma que se utilizaba con los más discretos. A los menos, se les entregaba una asignación mensual.

Otra de las anécdotas que relataban, se refería a un Embajador, con el que el tirano simpatizaba especialmente.

Al regresar borracho a su casa, fue detenido por una patrulla policial que, dado su estado de embriaguez, le dio el alto. El diplomático, sin mediar palabra, mató a tiros a uno de los policías y se dio a la fuga. No pasó mucho tiempo en ser detenido, pero nadie se atrevió a hacer nada sin antes saber la reacción de Trujillo.

Cuando el jefe de la Policía terminó de informarle lo sucedido, Trujillo sonrió y dijo: “Este tipo es del diablo, coge cada jalao, que no sabe lo que hace”.

¡El policía resultó asesinado por unos malhechores que se habían dado a la precipitada! Jamás fueron hallados.

Bastaba que en la prensa apareciera una crítica contra alguien, funcionario o persona, para que aparecieran, ipso facto, cartas de parientes y amigos haciendo constar que: ¡no les unían lazos con aquel despreciable sujeto, que no sabía cuáles eran sus deberes para con la Patria!

 

Un tema recurrente durante las visitas efectuadas a los embajadores acreditados en la República Dominicana, era la desesperación de Batista ante la imposibilidad de obtener un visado. Se decía que había estado preso. Se negaba a pagar las carabinas San Cristóbal. Hay quien afirma que llegó a pagar, para poder salir de la República Dominicana. Cuentan que, durante el tiempo que estuvo bajo la “protección” de Trujillo, desembolsó 5 millones de dólares.

 
Desde marzo de 1959, siguiendo la línea del acopio de infor­mación desde Cuba, la red trujillista enviaba datos que ponían a Trujillo sobre aviso y demostraban que aún mantenía parte de su capacidad de espionaje en la isla. El capitán Reinaldo Hernández enviaba a Rubirosa copias de informes confidenciales recibidos, para que fuesen confirmados en La Habana.
En cumplimiento de instrucciones de Generalí­simo –escribía Rubirosa–, le envío párrafos de un informe confidencial recibido, que dice así: «Tenemos infor­mes de que el 13 de marzo, Juan Manuel Batista Climenty, despachó por correo, declarando que se trataba de efectos personales, 200 mochilas mili­tares. Este despacho fue hecho a Ascasia Sánchez 21, apartamento 202, Vedado […]. (Reinaldo Hernández a Rubirosa, carta del 21 de marzo de 1959. AGN, fondo Presidencia, Embadom Cuba).
Ascasia Sánchez 21 era el anagrama de Acacia Sánchez Man­duley, hermana de Celia Sánchez y luego esposa del comandante Delio Gómez Ochoa, quien se encontraba al frente de la oficina ubicada en las calles N y 21 que se ocupaba del apoyo logístico de lo que sería la futura expedición del 14 de junio).

Cierto día se presentó en la Embajada un personaje que dijo llamarse Carlos Meo. Extendió su tarjeta de presentación diciendo que quería decir algo confidencial.

Al ser conducido al despacho dijo: “vengo de parte de Johnny Abbes”.
 

             Abbes era el Jefe de la Seguridad de la República Dominicana

 
El día 31 de diciembre de 1958  se encontraban, en uno de los salones privados del Palacio presidencial (en espera de ser recibidos por Batista) una delegación dominicana. Esta misión técnico-militar estaba encabezada por el General Arturo Espaillat, Subsecretario de Defensa; el Coronel John Abbes García, jefe del Servicio de Inteligencia; el Contraalmirante Didiez Burgos, Subsecretario de Marina; el Coronel aviador Álvarez Albizu, Agregado Militar en Cuba, y un europeo experto en armamentos y explosivos.
Los dominicanos, en unión del general cubano José Eleuterio Pedraza (al que incorporaron al servicio activo el 26 de diciembre) estaban citados por Batista, para ultimar los acuerdos sobre nuevos suministros de armamentos y un plan de refuerzos de tropas dominicanas que ofreció Trujillo a través del agregado militar cubano en Santo Domingo, Coronel Estévez Maymir.
Batista no llegó a recibirlos. Se fue sin avisarles a pesar de que iba para el país de los visitantes.
Abbes era un hombre en posesión de los más grandes secretos de espionaje, conspiraciones y crímenes políticos del régimen dominicano.
Permaneció escondido en La Habana durante una semana. Fue recogido clandestinamente por una avioneta procedente de la Florida que lo trasladó a Santo Domingo. Cuentan que la operación costo 30 000 dólares.

Continuó diciendo el Sr. Meo: “El gobierno dominicano ha decidido que es mejor un acercamiento con Cuba. Nosotros quisiéramos entrar en negociaciones pues no conduce a nada esta situación. Cuba tiene problemas económicos y hasta en esto pudiéramos ayudarlos. Naturalmente, todo esto que le estoy diciendo, no lo podrán probar, en caso que sea rechazada esta propuesta, pero estamos haciéndoles una proposición. Usted no sabe quién soy yo, pero le puedo hacer una demostración”.

“Si ustedes quieren, yo arresto a uno de los cubanos que están aquí y aparece mañana golpeado o muerto, en cualquier esquina que yo le señale de antemano, para que vean que estoy hablando realmente en serio”. “Pudiera ser el Sr. Ventura Novo”, dijo después de una breve pausa.

“Estamos interesados en un tratado de no agresión”, terminó por decir.

Fue respondido muy diplomáticamente, pero con firmeza. No existían instrucciones para entrar en negociaciones y cualquier asunto a tratar se llevaría a efecto mediante los canales oficiales.

“Si, yo lo entiendo, pero les voy a dejar mi teléfono y dirección. Si a su gobierno le interesa, llámeme. Nosotros podemos arreglar cualquier cosa, mejor que los diplomáticos”, respondió altaneramente el Sr. Meo.

La segunda proposición era arrestar a Esteban Ventura y extraditarlo a La Habana, en caso de llegarse a un acuerdo.

Coincidía con la propuesta que Rubirosa había insinuado a poco de llegar a Santo Domingo.

 
El sacrificio de una pieza

 
La probabilidad de que las autoridades del dictador conocieran parte de los planes de invasión es sustentada por algunas pruebas presentadas por el régimen trujillista, en que se mostraba unas fotos, en tierras cubanas, del Comandante Camilo Cienfuegos junto a varios expedicionarios.

Algunos documentos revelados más tarde dan cuenta que los servicios de inteligencia de Estados Unidos y de Santo Domingo conocieron muchos aspectos de la expedición.

A su vez, los acontecimientos posteriores en que se vieron involucrados los Comandantes Pedro Luis Díaz Lanz (Jefe de la Fuerza Aérea Revolucionaria), Eloy Gutiérrez Menoyo y William Morgan tal vez pudieran dar fe de la filtración de los detalles de la acción “internacionalista”.

Estos dos últimos conocían de las actividades conspiradoras de Trujillo, y es muy posible que hayan realizado el papel de dobles agentes, al poner al descubierto ante Fidel la conjura del dictador y continuar conspirando e informando a las autoridades norteamericanas y dominicanas. En pago, pudieron muy bien enviar informaciones de la expedición revolucionaria dominicano-cubano.

La hipótesis de que el gran traidor fuera Pedro Luis Díaz Lanz, la denuncia el propio Comandante Delio Gómez Ochoa, teniendo presente que en días posteriores al desembarco, un avión de la Fuerza Aérea Rebelde de Cuba -o Fuerza Aérea Revolucionaria- debía lanzar armas y avituallamiento a la incipiente guerrilla y que, por lo tanto, el mando superior de esta arma conocía de los planes y los lugares en que esta guerrilla debía moverse y encontrarse.

La propuesta del Sr. Meo, se informó al Ministerio de Relaciones Exteriores pidiendo instrucciones y manifestando que mientras tanto, se ignoraría la visita, como si se tratara de un demente.

Riva Patterson nunca recibió instrucciones en este sentido.

 

Una de las interminables mañanas, el Embajador del Perú, que debido al grado de amistad establecido, normalmente visitaba la casa de la embajada cubana sin anunciarse, telefoneó anunciando su visita. Llegó a pie, como de costumbre. Tenía un mensaje sumamente importante. El Generalísimo quería tener un encuentro con el Encargado de Negocios.

Le citaba para la fiesta que ofrecía el Nuncio de su Santidad (cualquiera que fuese el motivo). Según Varela, Trujillo estaba preparando las condiciones para conversar de muchas cosas.

Al terminar, dijo que todo lo que había dicho era estrictamente confidencial y que jamás se podría probar que el Generalísimo le estaba enviando un mensaje. A la vez, aseguraba que Trujillo, en persona, le había dicho que quería conversar. Luego pasó a decir que una visita a Trujillo llamaría la atención y podría colocar al Encargado de Negocios en una posición difícil, máxime cuando era Joaquín Balaguer el Presidente de La República, no en tanto ser un sirviente más de Trujillo.

Agradecido el mensaje, comunicaron a La Habana la noticia.

Esta vez, solo tomó dos días en ser respondido.

“En relación con el asunto planteado en su cable no. X, usted está enfermo y no puede asistir a la recepción”.

Ya Gloria Amelia había regresado a Cuba.

Cuando Gloria Amelia regresa a Cuba, ya sabía que el relevo había sido nombrado en la figura de Juan José Díaz del Real.

 
                                                          Colt Cobra 38

 

En otra ocasión, en horas de la tarde, Riva Patterson recibió una llamada del Encargado de Negocios de Venezuela. Le invitaba a cenar en la Embajada. Cenaron y conversaron sobre diferentes tópicos.

Ya se encontraba a punto de marcharse, cuando el Sr. Arismendi le preguntó: ¿Usted está solo en la Embajada? ¿Por qué no se queda a dormir aquí?

Eran dos preguntas extrañas. El hombre sabía perfectamente que se encontraba solo. Por otra parte, eso de dormir fuera de la Embajada…, no, sencillamente no podía ser. Le agradeció el gesto, pero era necesario permanecer en la Embajada por si acaso se recibía alguna llamada. De todas formas y debido a lo extraño de la proposición, no le quedó otra opción que preguntarle el motivo de la invitación.

Comenzó entonces el relato de que estando Arismendi, con unos amigos en el hotel Jaragua, un grupo de batistianos se encontraban bebiendo y alardeando de que esa noche iban a asaltar la Embajada cubana. Y que, aunque pudiera ser cosas de borrachos, cabía también la posibilidad de que lo hicieran mucho más fácil sabiendo que se encontraba solo. ¿Tiene armas?, preguntó.

Al escuchar una respuesta negativa, le extendió un revolver 38 cañón corto, cuyo gatillo no sobresalía (puede ser cómodamente usado en los bolsillos de un pantalón) y una caja de balas diciendo: “Bueno, en un tiroteo nunca están demás unas cuantas balas”.

Esa noche, al entrar en la casa, en los salones retumbaban los pasos y parecía como que detrás de cualquier rincón saldría alguien. Riva Patterson sintió miedo. La casa le parecía enorme. Cerró el cuarto con llave, puso el revólver debajo de la almohada y como en las mejores películas durmió a pierna suelta hasta bien entrada la mañana.

Al día siguiente recibió una llamada en la que le decían que, si quería ver las tropas que pronto desembarcarían en Cuba, que fuera al Hotel Embajador.

Desde las terrazas más altas podría ver a los futuros invasores en prácticas de combate. La voz dijo también que había un número de aviones pintados con las insignias cubanas.

 
                                                  Hotel Embajador 1965

 

Fue en los primeros días de mayo que Riva Patterson recibió la noticia de que llegaría un compañero llamado Julio Cruz, para hacerse cargo del despacho del consulado.

Hacía ya tres meses que se encontraba en Santo Domingo, la mitad de ellos solo. La llegada de otro cubano era una alegría tremenda.

Julio Cruz era un muchacho joven, lleno de optimismo y fervor revolucionario. Recibió la explicación de la situación con un deje de escepticismo. Aun mucho más escéptico cuando se le convidó a sentarse en el banco de un parque, para evitar que fueran escuchados, en caso de haber sido instalados micrófonos en la Embajada.

Según Julio Cruz, los otros dos compañeros llegarían el siguiente mes. Que Díaz del Real relevaría a Riva Patterson y Ricardo Suárez se haría cargo de de las cuestiones culturales.

Julio fue informado de que se había presentado la extradición de Batista y la reclamación para la devolución de los aviones. Fue puesto al tanto de la campaña sistemática contraria al gobierno de Fidel Castro y las continuas amenazas que le eran proferidas en su calidad de Encargado de Negocios, del grupo de personas que rondaba la casa de la Embajada, de los seguimientos diarios. En fin, que podía producirse una agresión en cualquier momento y que lo único que podían hacer para tratar de paliar la situación era mantenerse siempre en contacto, informar el itinerario siempre que necesitasen salir y la hora del regreso.

Riva Patterson había sido citado urgentemente por el Canciller Herrera Báez, Ministro de Relaciones Exteriores de la República Dominicana.

Le estaba esperando y le pasaron inmediatamente al despacho del Ministro. Luego de los saludos protocolares, Herrera Báez le preguntó como se sentía en la República Dominicana.

Midiendo sus palabras, el diplomático cubano respondió que Cuba y Dominicana eran países de similar clima. Tan parecidos que en ocasiones le parecía estar en Cuba. Se quejó de las provocaciones telefónicas y las rondas nocturnas alrededor de la casa.
 
Herrera Báez al centro

 

“¿Pero nadie le ha molestado? ¿No es cierto?”, pregunto el Canciller.

En efecto, nadie le había molestado, si se le llamaba molestar, a una agresión física…

Entonces, el Canciller tomó un trozo de papel, de una gaveta del escritorio y alargándoselo dijo: “Lea este papel, por favor.”

Se trataba de un cable de la Embajada Dominicana en La Habana, informando de un atentado dinamitero contra la casa de la Embajada, sin que se hubieran lamentado desgracias personales.

“¿Qué le parece? Usted se queja de que lo molestan, pero nadie le ha puesto una bomba…, todavía.”

El diplomático cubano había sido sorprendido. No tenía información sobre lo ocurrido. No tuvo otra alternativa que disculparse, alegando que dicho atentando seguramente respondía a actividades en contra del nuevo gobierno y su satisfacción al no tener que lamentar víctimas. Finalizó su intervención expresando su seguridad en que la policía cubana descubriría y castigaría ejemplarmente a los culpables.

Herrera Báez, por su parte, dijo que ambos gobiernos tenían que velar por la seguridad de las respectivas Embajadas. Que la Embajada cubana en Ciudad Trujillo tenía una guardia permanente.

Riva Patterson respondió que él tenía entendido que ocurría lo mismo en la Embajada Dominicana en La Habana, pero que con toda seguridad, el Ministro tendría más información en ese sentido.

Algún tiempo después se enteraría que la bomba había hecho explosión en el patio interior de la Embajada Dominicana y que Porfirio Rubirosa y su esposa Odile habían salido de Cuba.
 
                                                     Porfirio y Odile

 

Dos días después de su llegada, Julio Cruz necesitó ir al banco para cambiar un cheque que llevaba para sus gastos de instalación. Dado a que la Embajada disponía de varias habitaciones Julio residía y continuaría residiendo en la casa.

Se dirigieron al banco, situado en la parte vieja de la ciudad, en la calle Isabel La Católica.

 
                                                Calle Isabel La Católica

 

Circulaban por la acera, conversando, cuando dos personas les cerraron el paso. De momento pensaron que era una distracción habitual entre peatones. Mientras Julio se echaba a un lado, para dejarles pasar, ambas personas se interpusieron en el camino de Riva Patterson de forma inequívoca.

Unos de los personajes llevaba el saco abierto, dejando ver la culata de una pistola 45.

 
                                                      Pistola calibre 45

 

“¿No es usted el Embajador de Cuba?”, preguntó uno de ellos.

La conversación que sostenían ambos diplomáticos les había sustraído de la realidad en que se encontraban. De repente Riva Patterson, no sin esfuerzo, comenzaba a reaccionar. “Si, soy yo”, respondió.

“Pues yo soy Ventura”, dijo uno de ellos. “Y este aquí, es Carratalá”.

“Efectivamente”, dijo Riva Patterson. “Sé perfectamente quienes son ambos”.

Esteban Ventura Novo, era considerado uno de los
pilares represivos del gobierno de Fulgencio Batista (1952-1958). Nacido en 1913, Ventura se desempeñó como agente policial desde finales de los años 30, pero adquirió notoriedad como jefe de la Quinta Estación de Policía de La Habana durante la etapa final del régimen batistiano. En 1958 ostentaba el grado de Coronel de la policía.


 
                                                  Esteban Ventura Novo

 

Al grupo operativo que dirigía Ventura se le atribuyen, entre otros, los asesinatos del abogado Jorge Cabrera Graupera --cuyo cadáver apareció brutalmente golpeado y torturado-- y del miembro del Movimiento 26 de Julio, Marcelo Salado, quien fue ametrallado en plena calle, en abril de 1958.

 
                                              Conrado Carratalá Ugalde

 

Carratalá ingresó en la policía como vigilante el 25 de noviembre de 1933, a los 22 años, y fue ganando ascensos en la medida en que sus crímenes y torturas servían para apoyar a los gobernantes de turno. Sin embargo, su meteórica carrera se produjo a partir del 10 de marzo de 1952, por el grado de comprometimiento que tuvo en el golpe castrense de Batista.

Una de estos casos fue, el de José F. Fortuny Rodríguez, a quien detuvieron el 28 de diciembre de 1953, cuando salía del trabajo en la Vía Blanca. Lo llevaron al SIM y fue torturado por varios criminales, destacándose entre ellos Carratalá. Posteriormente, el cadáver apareció tirado en el reparto Buena Vista, Marianao.

Otro ocurrió a fines de 1956, cuando arrestaron al padre Ramón O’ Farril, acusado de ocultar a ocho jóvenes en el templo a su cargo. Los esbirros exigieron la delación. Su negativa determinó cuatro días de palizas y torturas. El sacerdote fue sacado del suplicio con los oídos sangrantes, las costillas fracturadas y ultrajada su dignidad. Habían participado, en el tormento del clérigo, el Brigadier Rafael Salas Cañizares y los oficiales Ventura y Carratalá.

“Quiero decirle”, continuó Ventura, “que yo necesito salir de éste país inmediatamente, porque no tengo dinero. En Cuba me lo robaron todo y necesito que usted me dé un pasaporte, pues me lo exigen para darme la visa”.

Por el tono y los ademanes, los diplomáticos se percataron de que Ventura se encontraba algo entrado en tragos. Si la agresividad verbal que expresaba el personaje se uniera al record criminal que ambos poseían, unido a la pistola mal disimulada, resultaba imposible dejar de pensar que estaba siendo víctima de una agresión.

Riva Patterson introdujo su mano derecha en el bolsillo del pantalón, buscando el revólver que le había sido regalado.

“Usted sabe muy bien, que no le voy a dar un pasaporte”, le dijo Riva Patterson.

“Pero es que yo soy cubano y tengo derecho a que me lo den”, replicó Ventura. “Y así no puedo salir de este país de mierda…”

“Le repito que no le voy a dar ningún pasaporte. Ahora bien, si usted quiere ir a Cuba, para ello no necesita pasaporte. Basta que comunique su disposición y le estarán esperando”, le espetó Riva Patterson, en un alarde irresponsable de bravuconería.

Pasados los años, Riva Patterson se preguntaba el por qué se le había ocurrido semejante provocación. Tal vez hubiese sido la imperiosa necesidad de decir algo desagradable a aquellos dos connotados criminales. Pero es que él no tenía instrucciones sobre qué hacer en caso de encontrarse con ellos aunque, por supuesto, le hubieran rondado más de una vez muchas ideas.

La mano derecha de Ventura la mantuvo siempre a la vista en espera de que se le ocurriese utilizar la pistola. La mano derecha propia estrangulaba el mango del Colt 38 en el bolsillo. A esa distancia era imposible errar el tiro.

Riva Patterson era aficionado al tiro deportivo, habiendo ganado varios títulos y trofeos en la variante de “Defensa Mexicana”.

Ventura profirió una serie de insultos y malas palabras. Carratalá, que no había perdido detalle, lo agarró de un brazo, mientras Ventura continuaba vociferando. Entonces, Carratalá  empujó a Ventura  en dirección a la calle diciéndole: “Deja eso. Esto te va a traer problemas. Déjate de eso, que la situación no está para broncas con diplomáticos” y continuó así hasta que alcanzaron la acera opuesta.

Julio Cruz había permanecido a unos pasos de distancia, presenciando toda la escena. “Si te hubiera tirado, yo les hubiera matado. No me conocen y no sabían que veníamos juntos”.

En horas de la tarde, intercambiando sus puntos de vista sobre lo acontecido, llegaron a la conclusión que en caso de que todo hubiera salido a pedir de boca. O sea, que ellos hubieran aniquilado a Ventura y a Carratalá, resultando ambos ilesos, jamás hubieran salido vivos de Santo Domingo.

La tensión subió varios puntos aquella noche. Las llamadas y amenazas se incrementaron, los grupos y los automóviles alrededor de la casa igual. Sin embargo, la correlación de fuerzas había mejorado, al ser dos funcionarios en lugar de uno. Al menos intercambiaban impresiones y se acompañaban mutuamente. La casa de la Embajada no resultaba tan espeluznante en horas de la noche.

En los primeros días de junio llegaban Juan José Díaz del Real y Ricardo Suárez.

Durante el año 1958, Juan José Díaz del Real había tomado parte en la elaboración del “Pacto de Caracas”. Pacto que llamaba a la unidad, a todos los movimientos que luchaban contra la dictadura de Fulgencio Bastista.

Juan José Díaz del Real sustituiría a Mario Riva Patterson, pues se suponía que seis meses de continua tensión eran suficientes para un funcionario. Ricardo Suárez se haría cargo de la parte cultural y Julio Cruz los asuntos consulares.

En esos primeros días de junio se presentó en la Embajada un individuo que dijo deseaba hablar con el Embajador. Fue recibido por Riva Patterson y Díaz del Real. Pedía asilo político y decía que su vida corría peligro.

Al preguntársele si pertenecía a alguna agrupación revolucionaria o si había realizado alguna actividad contra el gobierno, no logró una respuesta concluyente. Decidieron preguntarle el por qué del pedido de asilo y las personas con las cuales se relacionaba. Tampoco aportó dato alguno.

En esas condiciones no se le podía otorgar el asilo y de esa forma le fue informado.

Según les pareció, se marchó muy contento. Le habían notado cierta preocupación en que le fuesen a conceder el asilo.

Ambos diplomáticos llegaron a la conclusión que resultaba ser un intento de introducir una persona dentro de la casa con la finalidad de conocer sus movimientos.

El día 4 de junio todavía no habían comunicado oficialmente la llegada del nuevo Embajador aunque, el gobierno dominicano con toda seguridad ya tenía conocimiento. De lo contrario no hubiera sido recibido en el aeropuerto por un funcionario de la Cancillería.

Debido a que Riva Patterson tenía programado el regreso para el sábado día 6 de junio, habían planificado para ir el viernes 5 al Banco de las Reservas, situado en la calle comercial "Isabel La Católica", para realizar el reconocimiento de la firma de Díaz del Real.

Los dos funcionarios se movían a paso ligero por la acera. Se encontraban a escasos cincuenta metros del banco. Una vez terminada la gestión se encaminarían hacia la oficina de correos para imponer las usuales circulares al cuerpo diplomático, notificando la toma de posesión de Díaz del Real como Embajador de Cuba.

Eran las 9:55 de la mañana, se encontraban frente a la entrada del banco y la temperatura comenzaba a dejarse sentir. "Por aquí hay que andar con mucho cuidado. Andan sueltos los esbirros de Batista", le decía Riva Patterson a Díaz del Real, disponiéndose a entrar, cuando un grupo de individuos, en camisas deportivas, interceptó a los diplomáticos.

¿”Ustedes son cubanos"? No esperaron respuesta. Los atacaban físicamente. Aparentemente no conocían a Díaz del Real, pues los atacantes dirigían todos sus esfuerzos contra Riva Patterson. Un certero puñetazo le rompe los espejuelos. Los cristales rotos le provocan una pequeña herida muy cerca de la ceja izquierda. Pierde el equilibrio y cae al suelo. Por enésima vez en su vida sentía la angustia de no ver bien.

No era problema de lentes. Riva Patterson había nacido estrábico. Aunque había sido operado a los 18 años, del ojo izquierdo solo tenía un 18% de visión, defectuosa. En pocos segundos había recibido varias patadas provenientes de diferentes direcciones. Su única preocupación era alcanzar a tiempo el revólver.

Díaz del Real, de recia estructura física, se encontraba acorralado contra la pared, mientras pateaban brutalmente a su colega. Con rápido movimiento se deshizo de los que le bloqueaban el paso, sacando un revólver calibre 38.

Por su parte Riva Patterson lograba voltearse sobre la acera empuñando el suyo. Sonaron dos disparos casi al unísono.

A corta distancia, en una sospechosa neutralidad, agentes de la policía trujillista presenciaban el atentado si ánimo aparente de intervenir. Cuando se escucharon los tiros, viendo que los diplomáticos se sacudían de encima a los agresores, entraron en acción.

Uno de los guardias del banco, revólver en mano, atraído por las detonaciones, se asomó a la puerta. "Somos diplomáticos", le dijo Díaz del Real, "déjenos pasar".

Como ganado en estampida, los agresores huían. La policía se aproximaba cautelosamente.

Revólveres en mano, los diplomáticos consiguieron entrar a las dependencias del banco. Detrás de ellos la policía con un Coronel al frente. Les arrinconaron contra una de las esquinas del salón grande del banco conminándoles a acompañarles de inmediato.

Desde la puerta principal, bajo la mirada benévola de los sabuesos de Trujillo, uno de los agresores gritaba: "No saldrán vivos de Santo Domingo. Les vamos a cortar la cabeza".

Uno de los policías lo apartó, con violencia. El agresor, esbirro batistiano sin duda, comenzó a explicarle que uno de los atacantes había recibido un balazo.

Ambos diplomáticos discutieron violentamente con el Coronel. Exigían que la policía detuviera a los agresores y no a ellos que eran los agredidos.

Los cubanos no pretendían ir a ninguna parte, que no fuera la Cancillería para dar parte de aquel atentado. No pasó mucho tiempo y ya caían en cuenta que el Coronel sabía perfectamente que eran diplomáticos cubanos. Les pedían que entregaran las armas.

Al cabo de cierto tiempo y de mucha discusión, aceptaron que un carro patrulla les llevara hasta la Cancillería. No entregaron las armas. Ya en el patrullero, notaron que los conducían para la Jefatura de la Policía.

El carro patrulla estacionó en el patio central de la Jefatura de Policía. Se aproximaron tres uniformados que les ordenaban bajarse del automóvil inmediatamente.

Los diplomáticos cubanos, más que conservando la calma, intentaban ganar tiempo diciéndoles que no se iban a bajar. Que el Coronel les había prometido que los llevarían a la Cancillería y que aquello era una fortaleza.

Se encontraban en la Fortaleza Osama.

La Fortaleza Ozama es la más antigua construida en América. Ubicada en la ribera del río del mismo nombre, su construcción comenzó en el año 1502 y no fue terminada hasta el 1508, por Fray Nicolás de Ovando quien era el gobernador de la isla. Esta fortaleza se levantó con el objetivo de proteger la ciudad de los ataques de piratas.

Uno de los policías comenzó a vociferar y otro le decía: "Sácalos a patadas. Que cojones se han creído?"

El que parecía más viejo de los dos le dijo al otro: "Mejor sácalos tu. ¿No ves que son diplomáticos y luego ellos se arreglan y nosotros quedamos cagados? Yo por lo menos no los saco por la fuerza".

Un oficial descendió del carro patrulla y penetró en el establecimiento. Los cubanos aguantaron más de media hora, dentro del automóvil, bajo el sol abrasador del mediodía caribeño, hasta que al fin se oyeron toques de corneta. En el portón apareció un personaje de aspecto prócer, vistiendo uniforme militar entorchado. Se trataba del General Hermida.

¿”Quisieran ustedes entrar a mi despacho, caballeros”?, habló Hermida en tono meloso. "Además, así puede usted lavarse la cara y que lo vea un médico, ya veo que tiene una herida", dijo refiriéndose a Riva Patterson.

Ya en el despacho, de forma amable les abrumó de excusas y pretextos. "Serán respetados, en su condición de diplomáticos", aseguró. Dijo haberles arreglado una entrevista con el Canciller para las tres de la tarde. ¿Podrían mostrarme sus armas?, preguntó.

No había inconveniente. El jefe policial examinó los revólveres, comprobando que cada uno tenía una cápsula disparada. Les sacó las demás balas y los colocó sobre la mesa.

"Voy a quedarme con ellos, por el momento", manifestó con una sonrisa. "Se los devolveremos más tarde", dijo.

No era el momento oportuno para prolongar las discusiones. Optaron por dejar que los acontecimientos siguieran su curso. Por mucha que fuera la irresponsabilidad de Trujillo no parecía factible que pretendiera vulnerar la inmunidad diplomática.

Los diplomáticos cubanos le relataron su versión de los hechos. Hermida les ripostó: "Las versiones que me han llegado, dicen que ustedes han matado a uno de los asaltantes y que un niño resultó herido".

"Allí no había ningún niño", dijo Díaz del Real.

Al parecer se trataba de un grupo de refugiados cubanos, que como ustedes deben saber, se encuentran activos y tratando de organizarse", continuó Hermida. "Voy a tomar medidas para evitar estos problemas", sentenció.

Les comunicó que un automóvil los llevaría a la Embajada y que tan pronto tuviera más noticias les llamaría para que fuesen a verlo o él visitaría la Embajada. Les acompañó hasta la puerta.

Pasada la una de la tarde se encontraban de regreso en la Embajada. Julio y Ricardo estaban asustadísimos. Habían escuchado, por radio, la versión oficial del incidente del banco. Según las informaciones, habían resultado heridos, un exiliado cubano llamado Luis Pérez Villavicencio y un niño dominicano de nombre Ovidio Méndez. Entre las explicaciones de lo verdaderamente sucedido, iban analizando la situación en que se encontraban.

La primera medida que tomaron, fue comunicarse con el decano del Cuerpo Diplomático, el Sr. Varela, Embajador del Perú, para informarle sobre la agresión de que habían sido objeto.

Terminada la conversación con el Sr. Varela, sonó el timbre del teléfono. El interlocutor decía ser el Procurador General de la República (fiscal), citándoles de forma inmediata, a presentarse en su oficina, para aclarar los sucesos del Banco, donde había fallecido un ciudadano cubano.

Si aquella persona tenía algo que tratar, sería recibido con mucho gusto en la Embajada, pero que, como Procurador, él debía saber perfectamente que ninguna autoridad judicial tiene facultades para citar a un diplomático. Que, en todo caso se dirigiera al Ministerio de Relaciones Exteriores exponiendo su interés.

Poco después de esa llamada, recibieron otra del Sr. Varela anunciándoles su visita. Cinco minutos más tarde estacionaba el automóvil del Sr. Varela, frente a la casa de la Embajada cubana, con la bandera peruana desenfundada en el asta que lleva el guardafangos, tal y como procede durante las recepciones oficiales.

A decir verdad, resultó ser una sorpresa para Riva Patterson. Varela siempre iba caminando. Existían unos cien metros entre una casa y la otra. Se le notaba nervioso. Tenía las manos frías.

El Sr. Varela les preguntó si habían recibido alguna llamada para ir a visitar a alguien. Al confirmársele positivamente dijo: “No vayan! No vayan!”. “El procurador sabe que ustedes tienen extraterritorialidad y que no les pueden procesar. No salgan hoy a ninguna parte”.

Poco después de decirles que no salieran, el Sr. Varela se marchó. Al despedirse le apretó la mano a Riva Patterson diciéndole: “Cuídese y recuerde que puede contar conmigo”.

Nunca pudieron olvidar la expresión de Varela en aquel momento. Era un hombre distinguido, de modales finos, un típico representante diplomático latinoamericano de la época.

Los cuatro cubanos no supieron más de él de lo que conocieron en Ciudad Trujillo, pero la impresión que les produjo fue esa. La de ser un hombre honesto, con ese sentimiento contradictorio de la honestidad que tienen los seres humanos, capaces de relacionarse con Dios y con el Diablo, pero que en un momento determinado les hace actuar correctamente.

Indudablemente existen personas que son más agradables que otras. La única lógica posible, si es que existió alguna en todo este proceso, es que siendo el Sr. Varela amigo personal de Trujillo, se complaciera en conversar largas horas con un matrimonio (diplomáticos de carrera), de clase social media, enamorados de una revolución nacionalista y de justicia social, recién llegados de Cuba. Varela mostraba un interés enorme escuchando todos los relatos sobre lo que estaba ocurriendo en la mayor de las Antillas.

¿Por qué no habrían de serles simpáticos, a un matrimonio mayor de diplomáticos de carrera?

Tampoco se puede olvidar que los acontecimientos relatados se desarrollaban durante los primeros cinco meses del mes de enero de 1959. Aun el régimen, que Fidel Castro luego impondría (a sangre y fuego) al pueblo cubano, no se había declarado tan siquiera socialista. Continuaba siendo una revolución nacionalista y agraria. Lo de anti-imperialista aun no había llegado.

La famosa emisora radial cubana “Radio Reloj”, transmitía la noticia de la agresión sufrida por los diplomáticos cubanos. Eso ocurría, en el intervalo de tiempo entre la agresión mañanera y el regreso a la casa de la Embajada cubana. Radio Reloj informaba que los diplomáticos se encontraban bien.

Al escuchar la noticia, Gloria Amelia decide llamar por teléfono a Ciudad Trujillo. Logra hablar con Riva Patterson, que le dice que se dirija hacia el Ministerio de Relaciones Exteriores en compañía de su hermano Armando y que le diga al Ministro Agramonte que tienen que regresar los cuatro. Que resultaba imposible la permanencia en Santo Domingo. Esta comunicación telefónica sucede minutos antes de comenzar el asalto a la Embajada.

No bien se retiró el Embajador del Perú se produjo un silencio extraño. Los ruidos de la calle desaparecieron, cesó el tráfico.

Riva Patterson y Ricardo Suárez salieron a la terraza. Uno de ellos se asomó al balcón. Enseguida, alarmado, llamó a su compañero: “Mario, asómate a aquí, han retirado a los policías”.

Era un indicio sospechoso. Ambos se dirigieron al saloncito de la planta alta. Allí se encontraba Díaz del Real. Pocos momentos después oyeron motores de guaguas y camiones, acompañado de una gritería ensordecedora.

En ese instante, se confirmaron los recelos. En la calle se alzó un rumor de gritos e injurias. Eran aproximadamente 150 personas lanzando piedras sobre la fachada de la sede diplomática. Los cristales de las ventanas saltaron hecho añicos. Una turba frenética se lanzaba al asalto de la Embajada, a los gritos de: “Abajo el asesino Fidel Castro” y vivas a Batista y al Generalísimo Trujillo.

Todas las puertas exteriores de la casa tenían grandes rejas de hierro que, por precaución, se encontraban perfectamente cerradas. Julio Cruz, el más joven de los cuatro, muy indignado, quería salir.

“Tranquilo”, le dijeron. “Que sabes tú de una turba sin control?”. “Déjalos que griten mientras solo hagan eso”.

Pero no era eso lo que se proponían los furibundos esbirros batistianos.

A prudente distancia se apostaron centenares de curiosos para disfrutar del espectáculo.

La puerta de la Embajada resistió la primera acometida. Surgieron entonces patas de cabra y mandarrias. La puerta se vino abajo. Seguidamente, la turba corrió desenfrenadamente por jardines y portales.

Afortunadamente, los cuatro diplomáticos se encontraban en el interior de la casa. Pronto llegaron a la conclusión de que los asaltantes podían entrar desde cualquier dirección y de común acuerdo subieron, a todo lo que le daban las piernas, al piso superior de la casa.

Julio Cruz, empuñando su pistola, se disponía a disparar contra uno de los asaltantes que casi tenía derribada la puerta de entrada, pero entre Díaz del Real y Riva Patterson le contuvieron, diciéndole (tal vez pensando que los asaltantes solo se dedicarían a destruir) que aun no había llegado el momento.

Batistianos y trujillistas se extendieron por toda la planta baja, emprendiéndola con los muebles y las tapicerías. De pasada echaban mano a cuanto objeto de valor encontraban a su paso.

“Están arriba, vamos a cogerlos”, gritó uno de ellos.

Los diplomáticos se refugiaron en el último cuarto. La planta alta tenía una terraza al frente, un salón donde había un radio, sofás y butacas. Un corredor largo al cual daban las habitaciones y al final una habitación más grande, con baño, que era la utilizada por Riva Patterson.

Entre la habitación y el corredor, estaba ubicado un pantry con un refrigerador. Para llegar a esa habitación, debían atravesarse dos puertas. Si las puertas permanecían abiertas, se veía todo el corredor.

Entraron corriendo y cerrando, a su paso, ambas puertas, mientras escuchaban los gritos y los destrozos que causaban en la planta baja. Sintieron los pasos cuando los asaltantes comenzaron a subir la escalera.

Julio y Ricardo miraban, por las ventanas que daban al fondo. Comprobaban si desde esa dirección podían ser atacados.

Mientras tanto Riva Patterson y Díaz del Real empujaban un escaparate contra la puerta de la habitación. Todavía tenían esperanza de que aquella turba se contentara con destrozar la casa.

Al frente de la turba marchaban tres de los peores esbirros del marzato: Ventura Novo, Conrado Carratalá y Lutgardo Martín Pérez.

Segundos más tarde, los diplomáticos, ahora sitiados, sentían como derribaban la primera puerta. Cuando Díaz del Real y Riva Patterson intentaban bloquear la segunda puerta, una ráfaga de ametralladora pasa entre ambos, haciendo saltar pedazos de gavetas y puertas del escaparate que cayó al suelo. Las balas se incrustan en la pared del fondo. La segunda puerta cedió a golpes.

Las balas llegaban silbando, desde la calle, a través de una ventana lateral.

Suponían, tal vez, que los diplomáticos se encontraban desarmados. Escucharon la voz de Ventura diciéndole a uno de los asaltantes que entrara por el hueco en que se había convertido la última puerta. Sonó el disparo inconfundible de un revólver 38. Era un tiro imposible de fallar. Le habían acertado en la frente.

El asaltante muerto quedó atravesado en lo que había sido la puerta del cuarto.

La turba arremolinada en el corredor, ahora corría hacia atrás, en dirección a Carratalá, que se había quedado "rezagado". Algunos entraron en las habitaciones colindantes, efectuando disparos hacia la habitación.

Como quiera que la puerta se encontraba medio destruida, desde el corredor y la sala los asaltantes divisaban parte de la habitación de los sitiados, los cuales se habían refugiado dentro del baño.

Éste era el lugar que más seguridad les ofrecía, dado a que su posición (dentro del cuarto) hacía un ángulo recto en relación a la puerta de entrada. En contraposición, no tenían visibilidad hacia el corredor. Uno de los sitiados permaneció vigilando la puerta de entrada.

Los asaltantes intentaron varias veces irrumpir, pero uno o dos disparos les bajaron los ánimos. La situación se estabilizó por un tiempo.

La habitación era amplia, era casi un salón. Situada en una de las mesas de noche, se encontraba un teléfono directo. Por supuesto que aquella casualidad no había sido planificada, ni mucho menos, pero resultó ser de incalculable valor para los sitiados. Las comunicaciones servirían para que en el exterior de la Embajada conocieran que aun estaban con vida.

La turba, mientras tanto, se dedicaba a destruir la casa. Buscaban, por el jardín, la forma de atacar la habitación. Si los asaltantes lograban entrar, eran hombres muertos. La única esperanza era mantenerlos a raya con las pocas balas que les quedaban.

Díaz del Real tenía un machete en la mano. Nadie sabía de dónde había salido, ni nadie le preguntó. Supusieron que fuese algún adorno. Blandiendo el machete dijo: "Para cuando se acaben las balas".

"No creo que te sirva de mucho", le dijo Riva Patterson. Ambos se miraron unos instantes.

"Sabes que estás pálido como un muerto?", le preguntó.

"Te imaginas que tu luces muy bien?", ripostó Riva Patterson.

"Hasta tienes peste a muerto".

No hubo risas, pero la tensión se calmó un poco. El más calmado de todos era Ricardo Suárez. Julio Cruz se movía, por el baño, como una fiera enjaulada.

Sonó el teléfono. Increíblemente funcionaba. "Ve al teléfono", le dijo Díaz del Real a Riva Patterson. "Tú conoces mucha gente aquí. Es posible que puedas pedir ayuda".

El problema consistía en que, para llegar al teléfono tenían que pasar por delante de la puerta, con muerto y todo incluido.

"Coge impulso", dijo Ricardo Suárez. "Cuando vayas a pasar, yo disparo hacia el corredor".

Esta maniobra suponía que dos de los sitiados debían salir del baño. Uno para el teléfono y el otro mantenerse de guardia, para evitar la irrupción de los asaltantes dentro de la habitación, al percatarse de que uno de los sitiados se encontraba distanciado del resto.

Apoyando un pie en el borde de la bañadera y mientras Ricardo disparaba dos veces hacia el corredor, pasó por delante de la puerta yendo a estrellarse contra la pared, al lado mismo del teléfono. Varios disparos, de los asaltantes, fueron a parar a la pared del fondo.

Ahora, tirado en el suelo, se tapaba con el colchón de la cama, en vano intento de protegerse de las balas enemigas. Levantó el auricular. Era una llamada del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba que, enterados por los cables, de los sucesos de la mañana, preguntaban por los pormenores de lo ocurrido.

Nunca llegaron a precisar cuántas llamadas fueron realizadas o recibidas, pero todo indica que la llamada inicial la realizó su tío Enrique Patterson, en su calidad de segundo introductor de embajadores en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Seguramente seguía órdenes del Ministro Agramonte, alertado por Gloria y Armando.

Las duras frases que Gloria escucha pronunciar a Enrique Patterson (un hombre con mucha experiencia diplomática) hace comprender a Gloria que la situación es sumamente grave.

Todavía, a esas alturas, no sabía que los cuatro hombres se encontraban bajo fuego. Entonces, le pasan el teléfono para que hable con su marido.

"Tu regresas mañana?", le preguntó.

"Haré todo lo posible. Reza por mi", contestó Riva Patterson.

Su marido no había sido jamás religioso practicante, ni utilizaba esos términos habitualmente. Gloria intuyó el peligro. Los hijos del matrimonio rezaron toda la noche, hasta quedar dormidos.

La segunda llamada fue realizada a la policía. Del otro lado, respondió una voz burlona: "Ya vamos para allá´".

Solo doscientos metros separaba la estación de policía más próxima de la casa de la Embajada. Tenían que estar oyendo el estruendo de las armas. La gente corría en todas direcciones. Ya llevaban más de una hora sitiados y la policía brillaba por su ausencia.

La llamada a la Embajada del Perú tampoco surtió efecto. Varela no estaba. A los encargados de negocios de México y Venezuela les pidieron, por favor, que se dirigieran al Ministerio de Relaciones Exteriores o a donde fuera. Necesitaban ayuda urgentemente.

Llamó al Embajador de España, Sr. Sánchez Bella, que se quedó estupefacto:

"Si quiere ver como asesinan a cuatro hombres, venga a la Embajada de Cuba", le dijo.

 
                                   Embajador de España Sr. Sánchez Bella

 

Columnas de humo comenzaba a penetrar dentro del “baño-refugio” de los sitiados. Toda la ciudad sabía lo que estaba ocurriendo desde hacía dos horas. Al parecer, la policía había decidido presentarse solamente para realizar el levantamiento de los cadáveres.

La algarabía comenzó a disminuir paulatinamente, hasta que se hizo silencio.


Esta agresión provocó el propio día, una nota de protesta de la Cancillería cubana: «Hechos incalificables como este –se denunciaba– empeoran aún más las relaciones existentes entre Cuba y República Dominicana». (Nota de la Cancillería cubana a Vicioso, del 5 de junio de 1959. AGN, fondo Presidencia, Embadom Cuba).
Lejos de tomarse represalias por parte de las autoridades revolucionarias de la isla, […] el comandante Camilo Cienfuegos, Jefe del Esta­do Mayor del Ejército Rebelde y el Capitán Armando Torres y Meso­nes, reiteraron las garantías ofrecidas por Fidel Castro […]. Es de opinión que no se producirán actos violentos contra los diplomáticos dominicanos, pero ha impartido órdenes de estrechar la vigilancia. (Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores, carta del 6 de junio de 1959. AGN, fondo Presidencia, Embadom Cuba).

Riva Patterson, desde su posición al lado del teléfono, vio en el balcón a un raro sujeto de chaqueta roja. "Quién es usted?", preguntó. "Soy bombero, abajo están ardiendo los muebles".

Con mucha precaución, los cuatro diplomáticos comenzaron a bajar las escaleras.

Por fin, a las dos horas justas de haber comenzado el ataque, apareció la policía. Miraban incrédulos a los cuatro cubanos. Era imposible que estuvieran vivos después del ataque de tan connotados especialistas batistianos y con un margen de tiempo más que generoso.

En las afueras de la casa se habían concentrado tropas del ejército y hasta un vehículo blindado.

Regresaron a la segunda planta y se asomaron al balcón de la terraza, desde donde divisaron a un grupo de soldados. Un oficial se dirigió a ellos:

"Pedimos permiso para pasar", dijo.

Recibió el permiso inmediatamente. Entonces, en un movimiento inusual, el oficial se dirigió a la tropa diciéndoles:

"Fíjense bien que me han autorizado a pasar. Yo voy a pasar porque me están autorizando".

Fue el embajador español el primero que llegó al lugar de los hechos. De estupefacto pasó a colérico:

"Esto es una salvajada", sentenció.

Sánchez Bella era miembro distinguido de La Falange española. Gozaba de gran prestigio en la República Dominicana. Sin embargo, de todas las manifestaciones pronunciadas por el Cuerpo Diplomático, fueron las suyas, las más severas.

Llegaron también, el Embajador de Guatemala, los Encargados de Negocios de México y Venezuela. El Embajador del Perú llegó más tarde. Todos estaban consternados. Riva Patterson y Díaz del Real se dirigieron al Sr. Varela, solicitándole de inmediato una reunión del Cuerpo Diplomático.

Estaban solicitándole algo insólito. La protección de dicho cuerpo.

Unos diplomáticos pidiendo la protección de otros. También era insólita la posición en que se encontraban. La estrategia de los cubanos, era forzar al gobierno dominicano.

El ejército había desalojado a los asaltantes, pero las tropas comenzaban a retirarse. Anochecía. La situación de los cuatro hombres era más que difícil.

Por otra parte, el Encargado de Negocios de Venezuela les comunicaba que las estaciones de radio habían aumentado su volumen de propaganda anti-cubana y que estaban permitiendo hablar a varios exiliados que les llamaban (a los diplomáticos) asesinos, comunistas. Decían que se estaban reuniendo grupos en diferentes zonas de la ciudad.

En vistas de tales circunstancias, el Sr. Varela les propuso que Díaz del Real y Riva Patterson se trasladaran a su casa, ya que ambos debían concurrir a una reunión (convocada por Varela en su calidad de Decano del Cuerpo Diplomático) pero que tenían que ver que hacían con Julio y Ricardo que inexplicablemente, no tenían pasaporte diplomático y por tanto carecían de inmunidad.

Riva Patterson se dirigió al Embajador de Guatemala, pidiéndole que llevase a Julio y Ricardo para su casa. Sorprendido por semejante petición, momentáneamente no supo que responder, murmurando que él no podía conceder asilo sin consultar.

“No, Embajador”, dijo Riva Patterson, “no se trata de asilo, solo de que invite a estos señores a comer a su casa”.

De esa forma, tan poco ortodoxa, quedaban Julio y Ricardo bajo la protección del Embajador de Guatemala, mientras que él y Díaz del Real continuaban bajo la protección del Embajador del Perú.

Ya en la Embajada del Perú, el Sr. Varela les relató que mientras ocurría el asalto a la Embajada cubana, él se había dirigido al Palacio Presidencial y durante más de una hora, como Decano del Cuerpo Diplomático, trató inútilmente de ver a Trujillo para que detuvieran aquella barbaridad.

El ayudante de Trujillo le dijo que el “Generalísimo” se encontraba ocupado y que le había pasado el recado. Que lo recibiría lo más pronto que le fuera posible.

Cada diez minutos se dirigía al oficial, explicándole la situación. Al fin, Trujillo le recibió y lo primero que le dijo fue que ya había ordenado detener el ataque. Que le habían informado que el grupo atacante estaba compuesto por cubanos contrarios al gobierno de Castro y que tan pronto le habían llegado las noticias, ordenó a las fuerzas de seguridad para que intervinieran.

Por último le dijo:

“No se preocupe, los cubanos, por los que usted se interesa, están bien”. “Los refugiados estos, que tenemos aquí, son tan pendejos, que en dos horas no pudieron coger a ninguno”.

La mujer del Embajador Varela, al sentir los primeros disparos, pensó que se trataba de cohetes con los que estaban celebrando alguna cosa. Para ver de qué se trataba, se asomó al jardín de su casa, siendo testigo presencial del asalto. Estuvo ingresada en una clínica, como consecuencia del shock, hasta que los diplomáticos cubanos salieron de la República Dominicana.

Al cabo de cierto tiempo, comenzaron a llegar los Embajadores.

El Embajador de los Estados Unidos, Sr. Farland, regresaba de una pesquería y se presentaba en pull-over (t-shirt) y zapatos tennis. Se disculpó diciendo que al escuchar las noticias no había querido perder tiempo para cambiarse de ropa.

Poco antes de comenzar la reunión, en la casa de la Embajada del Perú, uno de los sirvientes, que conocía a Riva Patterson, le dijo que la radio había dicho que los cuatro diplomáticos cubanos habían muerto. Entonces le condujo a un saloncito donde se encontraba un equipo de radio y allí pudo escuchar que varias turbas recorrían las calles portando carteles y gritando consignas.

Un energúmeno pedía a Trujillo, que autorizara un duelo, entre dos de ellos, cerrando una calle, y dos de los diplomáticos, para ver quiénes eran más guapos (valientes) y otra serie de sandeces por el estilo.

En la reunión, los diplomáticos cubanos plantearon abiertamente que en horas de la mañana habían resultado objeto de una agresión física en medio de la calle y por la tarde había sido asaltada la Embajada, a mano armada.

Pedían del Cuerpo Diplomático lo siguiente: Protección, en vista de que el Gobierno Dominicano era incapaz de ofrecerles garantías.

Esta petición se sustentaba en base a que tan solo 300 metros de distancia mediaban entre la estación de policía más cercana y la casa de la Embajada. Que el ataque había durado más de dos horas y no habían sido capaces de intervenir.

El Embajador del Perú dijo que, la reunión extraordinaria del Cuerpo Diplomático tenía por objeto considerar la solicitud presentada, debido a que se encontraban en peligro de muerte dos diplomáticos pertenecientes a dicho Cuerpo.

Uno de los Embajadores dijo algo relativo a un convenio por el cual no era posible que un diplomático pidiera asilo en otra Embajada.

“Claro que eso no puede estar contemplado en un tratado, porque es un completo absurdo”, dijo Riva Patterson. “Pero también es un absurdo que persigan a tiros a unos diplomáticos, dentro de su propia Embajada y que al final les intenten quemar vivos”.

La reunión se fue complicando, al punto de que los diplomáticos cubanos, que no sin razón se encontraban alterados.

Fue entonces que Riva Patterson exclamó:

“¡Qué tratado, ni que cojones!”

Ante este exabrupto, el Embajador Sr. Pombo, de Argentina, hombre relativamente joven, de barba corta, de esas que se conocen con el nombre de chivo o perilla, se levantó, aproximándose a Riva Patterson y dijo dirigiéndose a los allí reunidos:

“Vamos a descansar un momento, mientras yo hablo con el colega cubano”.

“Ven conmigo. Vamos a beber algo, a la cocina, para refrescarnos”.

Dirigiéndose ambos a la cocina, continuó diciendo: “No te preocupes colega, ya comprendo cómo te sientes, pero, para que estés tranquilo che, quiero decirte que cualquier cosa que acuerden esta partida de boludos, tu duermes esta noche en mi Embajada. A ver si se atreven también a asaltar la Embajada Argentina”. “Mirá, si tu sales a la calle, no llegás a la esquina!”.

Durante la reunión se recibieron varias llamadas del Ministerio de Relaciones Exteriores, citando a distintos Embajadores, con la evidente intención de interrumpirla. Al final, una numerosa representación del Cuerpo Diplomático se dirigió a la Cancillería.

A la reunión de la Cancillería asistió Juan José Díaz del Real. Mientras tanto, Riva Patterson permanecía en la Embajada del Perú.

A las ocho horas de la noche, llegaba a la Cancillería, la representación del Cuerpo Diplomático. Se esclarecieron muchos aspectos.

El Canciller Herrera Báez no había concedido ninguna entrevista a los cubanos para las tres de la tarde de aquel día.

El Canciller Herrera Báez expuso su versión de los hechos. Los diplomáticos cubanos habían sido atacados en la calle. Santo Domingo se encontraba llena de refugiados cubanos que, lógicamente no simpatizaban con el gobierno de Fidel Castro. Estos, actuando por su cuenta, habían atacado a los diplomáticos y él mucho que lo lamentaba.

“Hace poco”, dijo Herrera Báez, “en La Habana colocaron una bomba contra nuestra Embajada. Nosotros comprendimos que el Gobierno cubano no era el responsable, aunque sí exigimos que se tomaran las medidas pertinentes”.

“Los sucesos de hoy”, continuó el Canciller, “son consecuencias de las luchas internas de Cuba, de las que el gobierno dominicano no es responsable. Tan pronto el Gobierno dominicano supo que estaban atacando a la Embajada, envió a las fuerzas de seguridad para protegerles”.

Dentro de su intervención de casi 20 minutos, dijo algo así como que probablemente los diplomáticos no se hubieran enterado de que hasta un carro blindado había sido enviado a lugar de los hechos.

Terminó diciendo que el Gobierno Dominicano garantizaba la vida, la seguridad y la libertad de movimiento de los diplomáticos cubanos.

Se negaba rotundamente a acceder a la solicitud de asilo de los diplomáticos cubanos, que eso era un imposible y que las garantía las daba a título de su gobierno y personalmente.

Nuevamente en la Embajada del Perú y luego del informe de lo sucedido en la reunión de la Cancillería, el Sr. Varela llamó aparte a Riva Patterson y a Díaz del Real, para decirles que si ellos insistían en la petición de asilo, él tenía la seguridad que lo encontrarían en cualquier Embajada pero, que esa situación pondría al gobierno dominicano en una situación sumamente difícil, por lo cual, él (Varela) tenía la completa seguridad de que nunca saldrían de Santo Domingo, o por lo menos, hasta que Trujillo muriera.

A continuación y de forma confidencial, le dijo a Riva Patterson: “He hablado ya con el Generalísimo y me ha asegurado que ustedes no van a tener más problemas. Mi sugerencia es que acepten la palabra del Canciller y todo quedará resuelto de la mejor manera”.

El Ministro de Relaciones Exteriores dominicano, había invitado a los diplomáticos cubanos a hospedarse en el Hotel Embajador- El Sr. Varela les acompaño hasta una suite de dicho hotel. Allí les esperaba una fuerte custodia policial. A pesar de las agotadoras emociones de un día tan dramático, era dudoso que pudieran dormir.

El hotel se encontraba rodeado de soldados portando armas largas. Dos soldados a la salida del elevador y uno en cada puerta, a lo largo del pasillo que conducía a la suite. En la puerta, un Teniente, que les saludó militarmente, diciéndoles que se encontraba a su entera disposición, pidiéndoles que, si deseaban salir a alguna parte, él tenía órdenes de acompañarles, como forma de protección.

Solamente una condición: Debían decirle a donde pretendían ir.

De común acuerdo, decidieron comer algo en la propia habitación y acostarse luego. No tenían más ropa que la puesta y consideraron estúpido regresar a por las cosas personales.

Se afeitaron, tomaron un baño, luego comieron algo encargado al servicio de habitaciones y, a pesar de todo consiguieron dormir.

Entre las siete y las ocho de la mañana del sábado día 6 de junio (faltando solamente 8 días para el desembarco de tropas proveniente de Cuba), ya se encontraban todos despiertos, menos Julio Cruz.

Llamaron a la puerta de la habitación. Una expresión de alivio apareció en sus rostros al advertir que era el Sr. Varela. Otro tanto se advertía en la cara del Embajador al comprobar que sus colegas no habían sufrido nuevos quebrantos durante la noche.

Solicitaron una llamada a La Habana. Hablaron con el Viceministro Primelles, quién después de escuchar el relato de los acontecimientos les ordenó regresar a Cuba inmediatamente.

Finalizada la llamada, le informaron al Teniente que precisaban ir al buró de turismo del hotel para reservar los pasajes de avión.

Riva Patterson fue acompañado por el Teniente y dos soldados, que permanecieron todo el tiempo a prudente distancia. Díaz de Real permaneció en la habitación junto con Julio y Ricardo.

Aquellos que no conocieron a la República Dominicana en la "Era de Trujillo", les resultará difícil comprender la expectación que  se produjo en el hotel. Hoy parecería una escena de un filme de acción.

En aquella época era totalmente normal que, en Ciudad Trujillo, luego que las emisoras de radio y la prensa escrita hicieran un simple señalamiento sobre una persona, era suficiente para considerarla muerta o desaparecida.

La salida del elevador, escoltado por tres militares armados era un acontecimiento inusual, máxime cuando en los principales periódicos de esa mañana, aparecía la fotografía de Riva Patterson con una leyenda de "Asesino".

«Esta es la fotografía del asesino filo-comunista, disfrazado de diplomático».

En el mismo periódico aparecía un artículo, que ocupaba casi la última página, en el cual un llamado «Ejército de Liberación» le había condenado a muerte y terminaba la sentencia diciendo: «Ejecútese dondequiera que pueda encontrarse».

Al atravesar el vestíbulo del hotel, algunas personas corrieron, otras se asomaban desde detrás de las columnas.

Una jovencita les atendió en la oficina de turismo. En el momento en que fue abordada por el diplomático, "condenado a muerte", se encontraba leyendo el periódico «El Caribe».

La sonriente muchacha cambió la sonrisa, para una mueca helada. Aquella niña temblaba como hoja que se lleva el viento. Miraba la fotografía del periódico y nuevamente a la cara de su interlocutor, sin atinar a nada.

El Teniente, dándose cuenta de la situación le dijo: "Señorita, haga el favor de atender a su Excelencia".

La muchacha respondía afirmativamente, pero sus manos se negaban a responderle y no conseguía anotar lo que se le estaba pidiendo.

Un empleado de más edad acudió en su ayuda. Tomó nota de la solicitud y momentos más tarde informaba que no encontraba espacio disponible en ningún vuelo para La Habana. Por lo menos en un mes.

Ante semejante sorpresa se le dijo que procurara reserva para México, Jamaica, Venezuela o cualquier otro país y que tratara de hacerles conexión para llegar a La Habana, lo más rápidamente posible.

Minutos después le daba exactamente la misma respuesta. Efectuó un último intento reservando para España, pero la respuesta del funcionario fue siempre la misma. «No había espacio disponible».

Al principio, el Teniente insistió con el empleado, intentando ayudar, pero a la segunda negativa dejó de intervenir en el asunto, limitándose a permanecer, a cierta distancia, discretamente.

Se encontraban nuevamente reunidos en la habitación del hotel. Se había incorporado el Embajador del Brasil.

Impusieron a ambos Embajadores la nueva situación y los dos coincidieron en su falta de extrañeza. Sabían, por experiencia, que ese era el método utilizado en la República Dominicana.

Fue entonces que Riva Patterson recordó el ofrecimiento realizado por el Embajador de los Estados Unidos Mr. John Farland.

Sin perder más tiempo telefoneó a Farland , el cual allanó todas las dificultades. Tampoco Farland se sorprendió ante aquel hecho.

Mr. Farland tenía reservados, de forma permanente, cuatro asientos, en todas las líneas aéreas americanas. Por tanto, les cedía esos asientos a los colegas cubanos, siempre que quisieran volar a Miami y de allí a La Habana. Aceptaron la propuesta.

Pocos minutos pasaron antes que la Pan American les llamara para comunicarles que tenían disponibles cuatro asientos, pero no podía venderle los boletos, al carecer los pasaportes del visado de entrada a los Estados Unidos.

Extremando su gentileza, Farland hizo que el cónsul de la Unión, a pesar de ser sábado, se personara (con todos los cuños necesarios) para visar los pasaportes, en la misma habitación del hotel.

Concluidas las gestiones de los pasajes y los visados, Riva Patterson telefoneó nuevamente a Mr. Farland, para agradecerle la gentileza. Farland, a su vez, les deseó un buen viaje y feliz regreso a La Habana.

Fueron a despedirles al hotel los Embajadores de Perú y Brasil, así como los Encargados de Negocios de Venezuela, México, Argentina y Guatemala. Todos se expresaron de igual forma. La despedida sería en el hotel, aunque ellos estarían en el aeropuerto hasta que despegara el avión.

A la hora de partir, Riva Patterson llamó al Teniente que estaba de guardia, invitándole a entrar a la habitación y beber café con todos ellos.

"Teniente", le dijo.

"Como usted sabe, hay algunas manifestaciones, incluso en las inmediaciones del hotel y probablemente, a nuestra salida del hotel puede producirse alguna demostración en contra nuestra. Han tomado medidas para evitar una agresión?", preguntó.

A nosotros no nos preocupa que griten o vociferen, pero sí, que nos vayan a atacar o lanzar algún proyectil, piedra o algo por el estilo".

"Cuanto tiempo lleva usted en la República Dominicana?", le preguntó el oficial. A continuación sentenció:

"Si usted lleva en nuestro país, desde el mes de febrero, es tiempo suficiente para conocerlo bien. El Generalísimo y Doctor Rafael Leónidas Trujillo y Molina, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva, ha dado órdenes de que ustedes salgan sin problemas de la República Dominicana. Tenga usted la seguridad de que pueden ir hasta el aeropuerto caminando, que nadie osará molestarles".

Efectivamente, fueron trasladados en un patrullero escoltado.

Esa misma mañana de sábado, mientras se salvaban los inconvenientes anteriormente relatados, en La Habana, Gloria Amelia (la mujer de Riva Patterson), después de una noche de angustias, sin noticias (nadie contestaba al teléfono), decidió comunicar con la Embajada del Perú.

El Embajador Varela le dijo:

"Despreocúpese Gloria, Mario va para allá en el vuelo de la Pan American que hace escala en Miami". "Yo estaré en el aeropuerto, pero él no me verá", fueron las palabras del Sr. Varela.

Aparentemente, las autoridades dominicanas estaban intentando demorar la partida.

En el palacete de José Eleuterio Pedraza, , en la "Avenida Cordell Hull" no. 66, velaban el cadáver de Rilde González Martínez, el hombre que había resultado muerto en la Embajada.

El entierro de Rilde se efectuaría aquella misma tarde y tal vez esperaban que se produjese otra confrontación.

Aparentemente, era el mismo Rilde Gónzalez Martínez que había sido lugarteniente de Rolando Masferrer. El mismo de los famosos y luctuosos "Tigres de Masferrer.

Al producirse su muerte, se encontraba siendo juzgado en Cuba (en ausencia), por la causa no 42/59.

A las 12:40 horas del mediodía de aquel sábado 6 de junio de 1959 despegaba el avión de la Pan American de Ciudad Trujillo.

Atrás quedaban el "Chacal del Caribe y su protegido, el "Carnicero de Cuquine".

Esa misma tarde los diplomáticos agredidos regresarían a una Cuba “nueva”, donde avanzaba inexorablemente el proyecto de la "Bestia Ilustrada", llamada Fidel Castro.

El avión hizo escala en Port au Prince, Haití. No tuvieron que descender del avión. De allí despegarían a las 5:45 p.m. en el vuelo 434 de la Pan American.

Al llegar a Miami el avión, en lugar de dirigirse hacia la terminal del aeropuerto, continuó hasta la cabecera de la pista apagando los motores. Los pasajeros comenzaban a hacer conjeturas, cuando un automóvil oficial y un ómnibus se aproximaron.

Un oficial de inmigración pidió a los pasajeros descender de la aeronave, menos los cuatro diplomáticos cubanos.

Después de que los pasajeros abandonaran el aparato, el funcionario se dirigió a los cubanos, en correcto español diciendo:

"Déjenme verles las caras". "Ustedes son las personas con mayor suerte del mundo". "Yo viví muchos años en la República Dominicana y no comprender como ustedes poder salir vivos de allí".

A continuación les informó que habían dado órdenes de que no bajasen del avión, para evitar problemas y que en ese mismo avión se les trasladaría a Cuba. A ellos solamente.

A las siete de la noche aterrizaban en el aeropuerto "José Martí de La Habana

Dando la información del Sr. Varela por válida, poco antes de la hora estimada, Gloria Amelia llegó al aeropuerto de Rancho Boyeros, casi a la misma hora que lo hacían los cuatro diplomáticos.

Colándose en la pista, solo pudo ver a su marido unos instantes, antes que un automóvil del Ministerio de Relaciones Exteriores se llevara a los cuatro inmediatamente.

 

El sacrificio de una pieza

 

A tantos años de los acontecimientos que relato y después de haber vivido tantas conspiraciones y contra-conspiraciones, no he podido dejar de hacer conjeturas.

¿Por qué, si aquellos diplomáticos defendieron el territorio nacional (sede diplomática) nunca recibieron un homenaje, siendo mantenidos a la sombra?

¿Cabría la posibilidad de que el “show” estuviera diseñado desde las entrañas del régimen de Fidel Castro y asociada, de alguna forma con la "expedición" del día 14 del mismo mes?

¿Sería que Fidel Castro necesitaba cuatro muertos para justificar aquel desembarco aeronaval de guerrilleros pro-fidelistas?

¿Tendría algo que ver la decisión inconsulta, al embajador yanqui, para salir de aquel infierno?

¿Sería que no coincidirían con las ideas del autoproclamado “Primer Ministro” del gobierno revolucionario?

Sería que Trujillo ya tenía conocimiento de la agresión, cuando permitió el asalto a la Embajada?

El gobierno de Fidel Castro no denunció ante la Organización de Estados Americanos (OEA), ni formuló queja alguna en relación a estos acontecimientos, como era de esperarse.

Ocho días más tarde tendría lugar la llamada "expedición" del 14 de junio.

Cerca de las cinco de la tarde del 13 de junio, el Comandante Camilo Cienfuegos despidió a los dos grupos y ordenó que hicieran la mayor cantidad de fotos que fuese posible.

Las tres fragatas, que entonces tenía la Marina de Guerra Revolucionaria, servirían de apoyo y velarían por la seguridad de ambas embarcaciones.

 
El 14 de junio de 1959 una tropa expedicionaria salida de Cuba llegó por avión a Constanza, en el corazón de la Cordillera Central, con el fin de iniciar una guerra de guerrillas contra la tiranía de Rafael Trujillo. Seis días después otros dos contingentes llegaron en sendas embarcaciones a las playas de Maimón y Estero Hondo, en la costa norte. Esos contingentes estaban compuestos por dominicanos de variadas tendencias políticas que habían estado exilados en Cuba, Puerto Rico, Venezuela, Estados Unidos y México. Estuvieron acompañados por cubanos, venezolanos, puertorriqueños y unos cuantos revolucionarios más de otras nacionalidades.

 
En Rancho Mil Cumbres, Pinar del Río, Cuba, se entrenaron 335 hombres de diferentes nacionalidades, los cuales tomaron parte en la Expedición. Otro grupo que no llegó a desembarcar, se entrenaba en «Madruga», provincia de La Habana.

Las principales organizaciones políticas dominicanas en el extranjero fueron recelosas de esta empresa político-militar. En consecuencia, el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), y su líder Juan Bosch; el Movimiento Popular Dominicano (MPD), y su líder Máximo López Molina; el Partido Vanguardia Revolucionaria Dominicana (VRD), y su líder Horacio Julio Ornes Coiscou, no sólo no apoyaron al MLD, sino que supuestamente, algunos de sus miembros filtraron informaciones a los servicios de inteligencia de Estados Unidos y de Trujillo. Eso permitiría a la Dictadura trujillista, una prevención adecuada ante la eventualidad de una expedición militar en su contra.

 
El comandante del Ejército Rebelde, Delio Gómez Ochoa, autor del libro "La victoria de los caídos" y protagonista de aquella gesta, cuenta que Enrique Jiménez Moya "era portador de un mensaje escrito para Fidel, en el que la Unión Patriótica Dominicana de Venezuela lo nombraba como su genuino representante en la misión de foguear en la lucha guerrillera a un grupo de jóvenes dominicanos que deberían llegar a la Sierra Maestra. La idea era que esos patriotas estuvieran listos militarmente para combatir a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina y para eso esperaban la ayuda del Comandante". (Editora Collado, segunda edición, República Dominicana, 2007, p. 22.)

Varios cubanos, combatientes del Ejército Rebelde, fueron seleccionados como asesores para el adiestramiento militar.

Los 54 expedicionarios que viajarían en el avión, se trasladaron hasta Cayo Espino en el territorio de Manzanillo, y luego, tras su última caminata de entrenamiento, se dirigieron a Cieneguilla, también en el territorio de Manzanillo, donde la nave aérea los esperaba. En este contingente iría el Comandante en Jefe de la expedición, Enrique Jiménez Moya y lo acompañaba el asesor militar cubano, Comandante Delio Gómez Ochoa.

 Los Comandantes Raúl Castro, Camilo Cienfuegos y el Che Guevara, prestaron mucho apoyo y solidaridad, para que la expedición fuese exitosa; es bueno destacar que el Che manifestaba una actitud reacia en cuanto a la versión de algunos patriotas dominicanos que aseguraban que un masivo levantamiento del pueblo se produciría respaldando el desembarco. Se dice que el Che Guevara no confiaba mucho en estas versiones, porque la mayoría de los "patriotas" dominicanos llevaban largos años en el exilio y no tenían vivencia de cómo estaba pensando la población.

No sería hasta el 26 de junio de 1959, que el gobierno de Fidel Castro rompería relaciones diplomáticas con la satrapía de Rafael Leónidas Trujillo.

El rompimiento de relaciones diplomáticas nada tenía que ver con la brutal agresión al territorio cubano en Ciudad Trujillo, ni el intento de asesinar a cuatro diplomáticos.

El argumento esgrimido por Fidel Castro se limitó a la imposibilidad de contemplar "impasible" el exterminio en masa, de aquellos que había enviado a una muerte segura.

La operación militar resultó un rotundo fracaso y situó en el seno de la OEA, al gobierno de Fidel Castro en “el banquillo de los acusados”.

Y aunque salió airoso de aquella peligrosa prueba, fue un momento muy difícil.

Este fue un tema confidencial durante muchos años. Todavía, el 4 de agosto de 1997, estos acontecimientos no eran del conocimiento público en Cuba y han sido obviados, incluso en los documentos oficiales del Ministerio de Relaciones Exteriores.

 
Guillermo Cabrera Infante y su descripción de los sucesos de Ciudad Trujillo

 
Gustavo Arcos Bergnes, al decir de Cabrera Infante, fue embajador del régimen de Fidel Castro, ante el Reino de Bélgica, entre los años 1960 y 1965, época en que se conocieron (en octubre de 1962) cuando llegó, Cabrera, como Agregado Cultural de esa embajada. Cabrera Infante sitúa la fecha de conclusión de Arcos, como embajador ante los Países Bajos, a mediados de 1964.

La familia de Riva Patterson llegó a Londres en julio del año 1963.

Cuenta Cabrera Infante que Arcos había realizado un viaje de consulta a La Habana en 1962, regresando en 1963 con dos nuevos colaboradores. Uno de ellos era Juan José Díaz del Real, conocido entre sus amigos como Jota Jota. Gustavo Arcos había conocido a Jota Jota en Caracas, Venezuela durante las actividades de apoyo al Movimiento 26 de Julio.

Como aquel que no quiere la cosa, en su libro "Mea Cuba", Guillermo Cabrera Infante relata que un día Jota Jota se encontró con un conocido batistiano en una calle de Santo Domingo, (no dice el nombre del personaje) que de lejos levantó una mano para saludarle. Nunca podré saber si Cabrera Infante miente deliberadamente o, escuchó campanas, sin saber de dónde provenía el tañer, para decir que: “sin mediar palabra, Díaz del Real sacó su pistola, disparó y mató al “cubano cordial” (las comillas son mías).

Nada dice de Mario Riva Patterson, quién fuera el Encargado de Negocios del régimen de Fidel Castro, desde el mes de febrero del año 1959, hasta el momento de los hechos.

Como hijos de Riva Patterson y por desgracia partícipes indirectos de aquellos acontecimientos y muy a nuestro pesar, no nos queda alternativa, sino la de desmentir al famoso escritor.

En el mes de diciembre de 1964 o tal vez en enero del 65, ocupando papá el cargo de Consejero del Embajador de Cuba ante el Reino de la Gran Bretaña y el Norte de Irlanda, fuí de vacaciones, en compañía del Agregado Cultural de la Embajada de Cuba en Londres, Pablo Armando Fernández, a Bruselas (Bélgica) donde me esperaría el amigo de papá y Embajador de Cuba ante el Reino de Bélgica, Juan José Díaz del Real. Yo acababa de cumplir 14 años de edad.

En compañía de las personas, antes mencionadas (y sus respectivas familias) y del Agregado Cultural de Cuba ante el Reino de Bélgica realizamos un viaje para visitar las ciudades holandesas de Rotterdam y Ámsterdam. Ese Agregado Cultural era nada menos que Guillermo Cabrera Infante, pero yo no tenía ni idea.

Meses más tarde ambas familias (la de Cabrera Infante y la mía) estarían de regreso en Cuba. Mi familia en febrero y la de Cabrera Infante en el verano. Eso lo supe leyendo el libro, ahora, bastante tarde.

En su relato, Cabrera Infante dice que Díaz del Real entró corriendo en la embajada, lo cual es totalmente falso. Dice también que Díaz del Real era enfermo y paranoico.

Juan José Díaz del Real no era hombre de armas, ni era un hombre violento. No padecía ninguna enfermedad y jamás tuvo accesos de paranoia. No puedo más que pensar que Cabrera Infante estaba equivocado. ¡Cualquiera se equivoca!

Lo que me indigna es, la falta de escrúpulos. Guillermo Cabrera Infante publicó su libro en 1996. Hacía ya muchos años que Díaz del Real, Riva Patterson y Julio Cruz habían fallecido.

De esa forma, el ya famoso escritor, no les permitía la posibilidad de defenderse de tamaña ofensa.

Solo después de la muerte de Mario Riva Patterson, ocurrida en 1991, llegaron a nuestras manos varios libros que arrojaron luz sobre lo sucedido en Ciudad Trujillo entre el 5 y el 14 de junio de 1959.

Entre ellos "Fabulario" de Mario Kuchilán, donde hace referencia a Estévez Maymir.

Suponemos que Riva Patterson nunca llegó a saber las relaciones tan estrechas que existían entre ese señor y Fulgencio Batista, puesto que jamás lo mencionó. Tampoco hizo mención a la desastrosa "expedición" del 14 de noviembre, aunque debe haber tenido conocimiento de las mismas. Al menos posteriormente a los hechos narrados aquí.

 
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